Del tiempo al yo: la era del trabajo afectivo

Ser empleado de la corpo es aprender que tu identidad es un activo y que tu entusiasmo es comercializable. Llega un punto donde no sabés si trabajás para la empresa o para la versión edulcorada de vos mismo que la empresa imagina. Trabajar en una pyme es otra pedagogía: no hay workplace culture, hay cultura a secas. Lo que no hay se inventa. Nadie te pregunta si “estás alineado con la misión”: te preguntan si podés hacer funcionar la impresora o si conocés al hijo del proveedor para conseguir un descuento.

Lo fascinante es que el nuevo orden corporate no te exige obediencia sino devoción. No pide que cumplas, pide que creas. Tu trabajo ya no es sólo producir; es encarnar valores, sostener la ficción de una comunidad laboral que no eligió tener historia ni conflicto, sólo KPIs y desayunos saludables. La pyme te grita; la corporación te sonríe mientras te mide el alma con feedback trimestral.

Ya el economista norteamericano Harry Braverman nos advirtió que el capitalismo moderno no sólo organiza las tareas, sino la inteligencia, la emoción y la iniciativa del trabajador; las toma, las desarma y las distribuye según la lógica de la eficiencia. Es decir: antes te expropiaban el tiempo, ahora también administran tu subjetividad. La fragmentación del oficio se convirtió, sin que lo notáramos, en la fragmentación del yo.

Quizás el problema no es que trabajemos demasiado, sino que ahora trabajamos también en nosotros mismos, como si la subjetividad fuera otro deliverable. Y entonces aparece la nostalgia rara: no por la precariedad, sino por la sinceridad. La brutal honestidad del “hacé lo que puedas” frente a la delicada violencia del “sé tu mejor versión”.

Finalmente, ¿qué es más libre? ¿Un grito que reconoce su crudeza o un abrazo institucional que te pide que seas feliz dentro de sus métricas?

En algún punto, lo más subversivo hoy no es renunciar.

Es no enamorarse.

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