El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el calendario juliano, que era el utilizado en ese momento) cae el gobierno de Aleksandr Kérenski en Rusia. Los trabajadores rusos, organizados en los “soviets” y dirigidos por el Partido Bolchevique habían tomado el poder. Comenzaba la revolución socialista.
¿Por qué hablar en 2025, en Argentina, de un suceso histórico que ocurrió hace más de 100 años? Quienes reivindicamos el proceso revolucionario ruso, creemos que nos deja importantes lecciones para afrontar el presente. No es casual que Milei elija señalar a todos sus adversarios, sean del color político que sean, como “socialistas” o “comunistas”.
¿Qué pasaba en Rusia en 1917?
Hacia principios de 1917, Rusia se encontraba gobernada por el zar Nicolás II. La mayoría de la población era campesina y analfabeta. En las grandes ciudades se concentraban industrias enormes como la fábrica Putilov, en Petrogrado (hoy San Petersburgo), que empleaba a más de 36.000 obreros.
Las condiciones laborales eran extremadamente duras: jornadas extenuantes, bajos salarios y una ausencia total de derechos políticos. Todo esto en el contexto de la Primera Guerra Mundial, en la que Rusia participaba. Los soldados morían en el frente. El pan escaseaba y el hambre crecía. Y así crecieron también las huelgas y los motines.
Así estalló la Revolución de Febrero (marzo según el calendario actual) que puso fin al gobierno del zar, y lo reemplazó por un gobierno provisional, de corte liberal, encabezado por un príncipe.
La organización de la clase obrera
Desde el primer momento de la revolución, surgieron los soviets. Consejos populares, de obreros, campesinos y soldados, con delegados elegidos en asambleas en fábricas, aldeas, barrios, o el propio frente de batalla. Estos delegados podían ser removidos y reemplazados en cualquier momento, si así lo requerían los sectores a los que representaban.
Los soviets, junto a los comités de fábrica, organizados en las industrias, se transforman en el motor de la revolución. Cuenta el historiador estadounidense Kevin Murphy como asambleas metalúrgicas votaban repartir los salarios más altos con los obreros que menos ganaban, prohibían despidos e incluso “despedían” a los gerentes abusivos.
Los soviets desafiaban el poder de los grandes empresarios. A medida que el Gobierno Provisional perdía apoyo, estos avanzaban y garantizaban lo que el gobierno no podía: el mantenimiento del orden, el racionamiento de la comida, etc.
La “democracia” de los ricos
La clase obrera rusa llevaba décadas enfrentándose al zarismo, por lo que su caída fue una victoria importante. Pero la “democracia” conquistada en febrero no resolvió las dolencias más sentidas por los trabajadores. Lo que realmente anhelaban era la democracia de los músculos, los huesos y los tendones, (o sea la reducción de la jornada laboral), terminar con la guerra y el hambre. El Gobierno Provisional no cumplió ninguna de esas demandas porque respondía a otra clase.
Los empresarios y terratenientes de Rusia sacaron provecho de la caída del zar, pues les permitía llevar adelante sus negocios con mayor libertad. Pero no tenían ningún interés en abandonar la guerra, mucho menos en ceder a las demandas de los trabajadores.
Es así que a medida que crecía el poder de los soviets y los comités de fábrica, y estos desafiaban al orden patronal en las empresas, la burguesía se refugió en Lavr Kornilov, un general zarista que pretendía aplastar la revolución y a los soviets.
De la misma manera que las patronales argentinas apoyaron a la dictadura militar, cuando los trabajadores se organizaban en las fábricas, la burguesía rusa abandonó la “democracia” liberal cuando vió su poder cuestionado.
La toma del poder
A medida que iba quedando claro que el Gobierno Provisional no cumpliría las demandas de los trabajadores y el pueblo, los soviets fueron ganando terreno. El partido bolchevique, que fue ganando más influencia dentro de los soviets, planteaba que estos debían hacerse con el poder, para así tomar medidas en pos de los intereses de la clase obrera.
En octubre, luego de un fallido intento de golpe realizado por Kornilov, se lanza el llamado a la insurrección y cae el Gobierno Provisional.
El gobierno de los soviets planificó la producción en base a las necesidades del pueblo, y no a la especulación de unos pocos. Esto significa que se producía en base a lo que necesitaba, y no en función de qué o cuánto genera más ganancias. También repartió la tierra entre los campesinos pobres. Todo esto permitió un desarrollo de la ciencia y de la cultura sin precedentes. Todo mientras derrotaba la invasión de más de 22 países que querían poner un freno a la revolución.
La trampa de lo posible y lo imposible
A menudo a quienes defendemos que hay que terminar con el capitalismo, que es necesario un cambio revolucionario en esta sociedad, se nos tilda de fantasiosos, de buscar una utopía.
Desde el peronismo, entre otros espacios, se nos suele plantear que debemos aceptar lo que es posible hacer. Que la alternativa a eso es que suba un gobierno de ultraderecha como el de Javier Milei. Pero es ese mismo discurso el que nos encierra y permite que crezcan figuras como nuestro actual presidente. Sin ir más lejos, fue lo que sucedió en el gobierno de Alberto Fernandez.
Lo que es imposible es soportar que más de la mitad de un sueldo se vaya en el alquiler, es seguir sin llegar a fin de mes, mientras los grandes empresarios se llenan los bolsillos. La Revolución Rusa nos demuestra que la única salida para poder vivir en mejores condiciones pasa por tomar medidas de fondo: expropiar las principales palancas de la economía, planificar la misma en función de las necesidades del pueblo y no de la especulación capitalista, romper todas las cadenas que nos atan al imperialismo como la deuda externa.
La revolución es necesaria
Desafortunadamente, la experiencia rusa fue interrumpida. La revolución no podía resistir si no se expandía hacia otros países, porque el capitalismo es un sistema mundial. Y esto permitió el surgimiento de una burocracia que se encargó de liquidar la revolución desde adentro. Este artículo, por una cuestión de espacio, no puede abordar a fondo la cuestión, pero seguramente sí lo hará un próximo artículo.
Aún así, este proceso nos deja importantes lecciones y conclusiones que aplicar en nuestro presente.
Hoy estamos presenciando verdaderas catástrofes. La miseria provocada por la crisis económica mundial, la crisis migratoria en Europa, la masacre de niños y niñas en Gaza, los desastres naturales provocados por el colapso de nuestro medio ambiente, como consecuencias del sistema capitalista. Ningún Gobierno está proponiendo una alternativa real a esto.
La revolución socialista no solamente es posible, sino que es necesaria. Solamente la clase obrera en el poder, pudo terminar con la guerra, repartir la tierra a los campesinos y garantizar el pan. Es necesaria también la construcción de una herramienta política como lo fue el Partido Bolchevique para que esas revoluciones triunfen.
Para quienes quieran estudiar y entender más a fondo el proceso, conocer los hechos más en detalle, aconsejamos leer Diez días que conmovieron al mundo del periodista norteamericano John Reed, o Historia de la Revolución Rusa de León Trotski.

