La causa Palestina – Parte 1

A 77 años de la Nakba, a 38 años de la Primera Intifada, frente al avance del sionismo en el país y en la región y una ofensiva colonizadora imperialista en el mundo, más que nunca se hace necesario analizar en profundidad lo que significa “la causa palestina”, qué tareas nos plantea esa lucha (a los palestinos y al resto de los pueblos del mundo), y cómo llevarlas a cabo.

Este es el primero de una serie de artículos que se proponen ayudar a esa elaboración, la cual, por la importancia del conflicto, hoy eje de la lucha de clases mundial, nos obliga a discutir algunas cuestiones que sirven a la comprensión del marco en que la lucha palestina se desarrolla – desde cuestiones históricas hasta debates económicos y políticos actuales.

Comenzamos, entonces, esta serie, analizando la propuesta de “acuerdo de paz” de Trump; el papel de la ONU, histórico y actual, en este proceso; y abrimos un debate, que seguiremos desarrollando en próximos artículos, sobre la relación entre la lucha Palestina y la situación actual de América Latina, especialmente del papel que Argentina juega hoy en este contexto.

La paz de los cementerios

Hace unas semanas, Trump propuso un “acuerdo de paz” que supuestamente buscaba un “alto al fuego”, pero cuyo objetivo real era dar respaldo a Netanyahu frente a la crisis que enfrenta internamente y frente al repudio de los pueblos del mundo por los atroces crímenes contra la humanidad que Israel comete en Gaza.

Las direcciones palestinas emitieron un comunicado conjunto rechazando el acuerdo, porque implicaba la rendición de la resistencia, a través de la entrega de las armas, y ceder el derecho de autodeterminación del pueblo palestino.

Israel, por su parte, “aceptó” el alto al fuego. Habrá que evaluar mejor si ese “alto al fuego” es un “lavado de cara” frente al repudio internacional apenas, o si está siendo usado como una cortina de humo para profundizar el avance en la región: desde entonces, no sólo no cesó el fuego sino que Israel rompió el acuerdo más de 200 veces, dejando más de 400 muertos – además de la ofensiva actual en Cisjordania.

En la versión final de este “acuerdo”, Trump propuso conformar una “Fuerza Internacional de Estabilización” con ejércitos árabes y de algunos otros países para controlar Gaza, y una Junta de Paz dirigida por él mismo. Esto fue aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU el 17 de noviembre, sin ningún voto en contra. La evaluación de Mike Waltz, representante de EEUU en la ONU, fue la siguiente: “La resolución de hoy representa otro paso significativo hacia una Gaza estable que pueda prosperar y un entorno que permita a Israel vivir con seguridad”.1

Efectivamente, el objetivo de este “acuerdo de paz” es instaurar “la paz de los cementerios”: una de las tareas principales de la Fuerza de Estabilización es garantizar la desmilitarización de la resistencia para garantizar la “pacificación” de la región… al servicio de que Israel viva con seguridad.

La ONU y su papel histórico legalizando ocupaciones y genocidios

Esto no es nada novedoso: en diciembre de 1948, la ONU adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Un año antes, sin embargo, en noviembre de 1947, votaba la Resolución 181, que declaraba el derecho de existencia de un Estado “judío” y uno palestino (en territorio palestino, por supuesto), y que fue la base legal para la creación del Estado sionista de Israel, con métodos genocidas y de limpieza étnica, el 15 de mayo de 1948 (la Nakba – la catástrofe).

Lo mismo sucedió en los acuerdos de Oslo, entre 1993 y 1995: un “acuerdo de paz” entre Israel y la OLP, impulsado por la ONU, algunos años después de la Primera Intifada (la traición de la dirección palestina en este proceso será abordado en un artículo aparte). El objetivo era establecer como “solución” al conflicto (una vez más) los “dos Estados” – es decir, la legitimación de un Estado sionista militar de ocupación, a la vez que la resignación de cualquier resistencia, con fronteras y derechos aún más favorables a Israel que en 1948.

Es decir, el papel que la ONU cumplió históricamente en Palestina fue el de garantizar la limpieza étnica a partir de la legalización del Estado sionista y el perdón objetivo de todas sus “faltas”: de hecho, Israel es parte de las Naciones Unidas desde 1949 – y lo sigue siendo a pesar de las denuncias de la propia ONU sobre sus crímenes de lesa humanidad.

La misma organización que reafirma que se trata de una limpieza étnica, que asegura que hablamos de números de holocausto, que no se cansa de denunciar torturas, violaciones, destrucción ambiental sin precedentes, etc., etc. – esa organización le garantiza al imperialismo de Trump y al Estado de Israel seguir adelante impunes con el genocidio, y le pide a los palestinos una vez más que entreguen las armas y bajen la cabeza frente a un ejército de ocupación militar… internacional. También haremos un artículo aparte sobre la historia de la ocupación Palestina, que viene desde mucho antes de la creación de Israel, pero por ahora sigamos con las Naciones Unidas.

No hace falta irnos a Medio Oriente ni a mitad del siglo pasado para confirmar el papel de la ONU en la historia y en el mundo: en 2004, bajo directrices del gobierno Bush, la ONU conformó la Minustah, “fuerza de estabilización” militar latinoamericana (y EEUU, por supuesto) para “pacificar” Haití tras las grandes luchas del pueblo contra los planes de ajuste del imperialismo, implementados por Aristides. Por cierto, uno de los principales ejércitos de la Minustah fue Brasil (bajo gobierno de Lula). Brasil, ese vecino gigante que acaba de sufrir una brutal matanza en dos complejos de favelas – también bajo el nombre de “pacificación”, y también con armas israelíes.

Sea donde y cuando sea, la ONU siempre será la plataforma desde la cual el imperialismo legalice su dominio sobre los países del mundo – sea este dominio ejercido a través de lo económico y político por dentro de las instituciones “democráticas”, como es en la mayoría de Latinoamérica o Europa actualmente, o sea ejercido a través de un genocidio y una limpieza étnica, como lo es en Palestina desde hace más de 75 años.

Colonialismo imperialista y democracia burguesa en Latinoamérica

Desde ya, en Palestina la lucha contra la colonización imperialista pasa por la destrucción del Estado sionista de Israel, y eso implica el rechazo categórico al acuerdo de falsa paz, así como a cualquier fuerza de ocupación militar (sea israelí o internacional), y el apoyo incondicional a la resistencia palestina. Reafirmamos que la paz sólo será posible cuando haya una Palestina única, laica, libre y soberana del río al mar, y que eso solo será posible si los pueblos del mundo se alzan en pie de guerra, junto con Palestina, contra el imperialismo y su brazo armado sionista.

En ese marco, se hace necesario denunciar a la ONU por su papel en la legalización de la limpieza étnica y del genocidio, y también a los gobiernos del mundo y sus instituciones por los acuerdos y tratados comerciales, políticos y académicos que legitiman, sostienen políticamente y financian a Israel hasta el día de hoy. 

Porque si el Estado nazisionista continúa existiendo y llevando a cabo una limpieza étnica con métodos genocidas; si aún así sigue siendo parte de las Naciones Unidas sin ningún tipo de sanción frente a sus crímenes de lesa humanidad; si sus líderes pueden moverse impunemente por el mundo teniendo pedido de captura internacional; si su comercio mundial de armas rompe récords y sus empresas, como Mekorot, siguen creciendo y lucrando con los recursos naturales de países semicoloniales – si el Estado nazisionista de Israel sigue avanzando en Palestina y en la región y su maquinaria militar sigue creciendo, es porque los gobiernos e instituciones democrático-burguesas del mundo continúan colocando su “democracia” al servicio de ese proyecto, económica, política y hasta militarmente. Algunos de forma más explícita, como Milei, que se propone ser el hombre del sionismo en Latinoamérica, a través de los Acuerdos de Isaac (tema que también abordaremos en esta serie de artículos); otros, más disimuladamente, repudian de la boca para afuera mientras importan armamento israelí, como Lula en Brasil. En cualquiera de los casos, implementan en sus países el ajuste y el saqueo al servicio del proyecto imperialista de colonización – que en Palestina alcanza su máxima expresión.

Un “cierre”

Esta realidad nos plantea una discusión mucho más profunda, ligada a los límites de las consignas y banderas que usualmente levantamos cuando son reivindicados o defendidos dentro de los propios organismos e “instancias democráticas” que están al servicio de esos planes de ocupación y colonización. Por ejemplo: es correcto defender los derechos humanos, frente a las violaciones que Israel comete. Más que correcto: es un principio. Sin embargo, ¿es suficiente? ¿Y cómo los defendemos, a dónde, si la misma ONU que legaliza los Derechos Humanos no los respeta ni los hace cumplir? Es correcto defender y apoyar al movimiento BDS en general – pero, ¿es correcto, aquí en Argentina, exigir desinversión y sanciones a un gobierno que está explícitamente alineado con Netanyahu y Trump en este proyecto, o debemos denunciar el papel que ya cumple? ¿Ayuda esta consigna a hacer avanzar la conciencia sobre las tareas concretas planteadas, o es una consigna general que propone una tarea que en Argentina no responde a la realidad de nuestro gobierno?

Estas, y otras tantas preguntas, son las que tenemos que ir haciendo para responder a las cuestiones finas que hacen a una solidaridad efectiva y a una lucha conjunta. Porque ningún pueblo será libre hasta que no haya una Palestina Libre, y porque no habrá Palestina libre del río al mar mientras los pueblos del mundo no comprendemos que, de fondo, se trata de una misma lucha, conjunta: la lucha por la derrota del imperialismo colonialista y la del Estado nazisionista de Israel como su brazo armado.

Por eso, este “cierre” en realidad es más una apertura – y queda aquí planteado lo que será el tema del próximo artículo: el papel de Argentina y de Milei en este conflicto.

1 Explicación de voto después de la adopción de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU presentada por EE. UU. respecto a la situación en Oriente Medio 

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