Comités, ¿para organizar qué?

En el artículo anterior planteamos que, detrás de las polémicas que atraviesan hoy a la izquierda, hay una pregunta previa que se omite: ¿oportunidad para qué, en función de qué estrategia? Y que sin responderla no hay criterio para definir a quién nos dirigimos ni dónde construir. Desde entonces pasó la Marcha de la Bronca y se abrió, al calor de sus balances, una discusión más estratégica que la que habíamos visto hasta junio. Es un avance, y volveremos sobre ella. Pero la pregunta previa sigue sin hacerse en el punto donde más falta hace, que es el debate que viene concentrando toda la discusión organizativa de estos meses.

Tomemos la cuestión de los comités. El “gran debate” es si comités de todas las fuerzas del FITU o comités de algunos; se publican fotos mostrando cuánta gente juntó el comité de cada uno, las respectivas resoluciones y demás. Sin embargo, hay una cuestión previa que ninguna de las fuerzas del FITU, ni quienes intervienen en esos debates, se plantean: ¿comités con qué fin? Como comités del FITU, o más aún de Myriam Bregman, es evidente que su punto nodal es electoral, aunque se votaran resoluciones de apoyo a tal lista sindical o la concurrencia a la Marcha de la Bronca.

El PTS es el único que le dio a esa forma organizativa un anclaje estratégico explícito. En una serie de entrevistas publicadas en Ideas de Izquierda, Emilio Albamonte y Matías Maiello ligan los comités por Myriam a la cuestión estratégica de la autoorganización, y los inscriben en la tradición de los “comités de acción” que Trotsky desarrolló en los años 30. Pero en esas mismas entrevistas aparece una definición que conviene subrayar: los comités, sostienen, no deben entenderse solo como una fuerza que intervenga en el espacio electoral, “sino como la organización de un embrión de partido que lucha por unificar todos los sectores combativos”.

Y ahí está el problema, porque un embrión de partido y un organismo de autoorganización de la clase no son la misma cosa, ni siquiera en el esquema del propio PTS: la autoorganización tiene allí sus propias categorías —los comités de acción, las coordinadoras interfabriles, los soviets—, que son otra cosa que la construcción partidaria. Ligar los comités de apoyo a la estrategia de la autoorganización superpone dos planos que ellos mismos distinguen cuando discuten en serio.

Tenemos que partir de decir que para nosotros la autoorganización también es un problema estratégico para la revolución, porque tiene que ver con la posibilidad de que la clase obrera movilizada tome en sus propias manos los problemas y actúe como clase para sí, es decir, que deje de existir solamente como clase en sí, definida por su lugar en la producción, y pase a reconocerse y actuar como clase. Pero la autoorganización no es cualquier reunión donde se discute y se vota. Lo que la define es dónde se constituye y quién la compone: la asamblea en el lugar de trabajo como órgano soberano de decisión, los delegados electos y revocables en cualquier momento por sus mandantes, las comisiones internas independientes de la burocracia, la coordinación interfabril e intersindical que trascienda cada gremio por separado. En todos esos casos la unidad que decide es la clase en el lugar donde produce, que es donde tiene la posibilidad de demostrar su fuerza real. En un comité de apoyo, en cambio, cada uno participa como individuo, con independencia del lugar que ocupe en la estructura social. No es un detalle de forma: es la diferencia entre organizar a la clase y organizar la simpatía político electoral alrededor de una figura parlamentaria, por más zurda que sea.

La Marcha de la Bronca, el 19 de septiembre, lo mostró con más claridad que cualquier otro episodio. Fue una movilización grande, con decenas de miles en la calle y réplicas en decenas de ciudades, y el propio PTS destaca que los comités pusieron allí sus columnas más numerosas. Pero vale mirar cómo se construyó: los sindicatos y seccionales combativas que confluyeron lo votaron en sus asambleas y cuerpos de delegados. Es decir, lo que permitió coordinar fueron organismos de lugar de trabajo que ya existían —comisiones internas, cuerpos de delegados, seccionales opositoras—, no los comités. Los comités aportaron movilización; la estructura la puso la clase donde ya estaba organizada. Esa diferencia es exactamente la que venimos señalando.

Algo parecido se ve en los comités unitarios: el de zona sur, a fines de agosto, uno de los más grandes, reunió a unas 150 personas y resolvió apoyar la marcha y una lista sindical: coordinación electoral y de movilización, no estructura permanente de autoorganización de base. Y vale señalar que la formulación más desarrollada de democracia obrera entre las cuatro fuerzas —el punto del manifiesto del MST dedicado a “activar democracia obrera y popular para decidir todo”— está escrita en futuro y después de la toma del poder: “en nuestro gobierno todo lo van a decidir las y los trabajadores”.

¿Significa esto que ese tipo de espacios no son útiles, o que cada fuerza no tiene derecho a darse esa táctica para acumular militancia y periferia? No: claro que pueden ser útiles, y claro que cada fuerza tiene derecho a construirse con la táctica que quiera. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta es darle a esa táctica un anclaje teórico que los hechos no sustentan.

Autoorganización y conciencia de clase

Porque lo que está en juego es más de fondo. La autoorganización tiene que ver con que la clase pueda confiar en sus propias fuerzas. En un país en el que el peronismo, con su ideología burguesa de conciliación de clases, fue durante décadas predominante en la clase obrera, con el obstáculo que eso significa en su conciencia, uno de los aspectos centrales de la pelea por la independencia de clase es ese: confiar en las propias fuerzas y no en la genialidad o la valentía de tal o cual, no esperar que aparezcan los grandes dirigentes salvadores. Es precisamente uno de los aspectos con los que la propaganda burguesa bombardea todos los días y desde siempre: hacer creer que para gobernar hay que tener estudios universitarios, saber hablar como hablan los políticos.

A eso se suma un efecto contradictorio de la salida de la dictadura: junto con el repudio al terrorismo de Estado se consolidó una enorme confianza en la democracia burguesa y sus instituciones. Cuando esa confianza entró en crisis abierta, en 2001, las corrientes de izquierda respondieron levantando distintas variantes de Asamblea Constituyente, es decir salidas dentro del régimen —volveremos sobre esto en próximos artículos—; con el cierre de aquel proceso, la conciencia antirrégimen retrocedió. Pelear contra esa ideología es central en la disputa por la conciencia de la clase, y la centralidad de los diputados y de su accionar en el parlamento, común al conjunto de las fuerzas del FITU, va en el sentido contrario.

Y esa confusión teórica tiene efectos nocivos en la educación de la vanguardia, sobre todo en los partidos que hoy son referencia por la proyección que alcanzó Myriam. Se le enseña a una franja nueva que organizarse es reunirse a apoyar una campaña, cuando organizarse, para una tarea revolucionaria, es otra cosa. Se fomentan expectativas en las elecciones y en la obtención de votos y cargos, en vez de inculcar la desconfianza más visceral hacia esta democracia fraudulenta de explotadores y sus instituciones —gobierno, parlamento, justicia—, que estarán siempre al servicio de la dominación capitalista. Y se desperdicia la oportunidad de educar en la necesidad estratégica de que la clase obrera construya sus propias organizaciones democráticas: las que le permitan organizar la lucha y, cuando un nuevo proceso revolucionario lo habilite, disputar el poder y gobernar junto a sus aliados.

Y ahí vuelve la pregunta del principio, porque es la misma. No se trata de qué comités, sino de para qué: si son el andamiaje de una campaña o el comienzo de que la clase se organice donde tiene fuerza real, para construir una dirección obrera revolucionaria alternativa a la burocracia sindical peronista. Las dos cosas pueden convivir un tiempo, pero no son lo mismo, y confundirlas llevará a desperdiciar una vez más una oportunidad que se pretende aprovechar. 

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