Acuerdo de sumisión con EE.UU: Por una salida de fondo

Al revés de lo que plantean los liberales y sus agentes locales que festejan ir hacia una apertura total del comercio (que beneficia a Estados Unidos y los países imperialistas (ver notas “Un nuevo momento de un viejo plan” y “Acuerdo bilateral: puntos clave de una sumisión sin disimulo”). Y también de las críticas de palabra de quienes durante sus gobiernos siguieron entregando el país al imperialismo, como el peronismo, los socialistas planteamos que para que haya un país al servicio de las necesidades del pueblo trabajador, es necesario romper las cadenas que nos atan al imperialismo. La historia ya mostró, vivimos la apertura; vivimos la “fórmula” de negociar mejor y lo cierto es que cada vez vivimos peor. 

Para revertir esta situación es necesario un cambio radical, y en ese sentido es que planteamos tareas para lograr un país independiente, que planifique su economía y deje de estar sujeta a la especulación y fuga de capitales al servicio de unos pocos. 

El endeudamiento externo aun antes del último préstamo de Trump estaba en niveles récord (305.043 millones de dólares, lo que implica que el ‘stock’ de deuda subió en 23.783 millones de dólares con relación al trimestre anterior, según fuentes oficiales), y todas las cuentas públicas giran alrededor de cubrir esos pagos. El pueblo trabajador paga con ajuste la deuda que benefició a los gobiernos y empresarios. Por eso una primera tarea es el cese inmediato del pago de esa deuda y la ruptura de los acuerdos con el FMI, y destinar ese dinero a salud, educación, infraestructura, etc. 

Al contrario de la apertura comercial, los socialistas planteamos también que el comercio exterior tiene que ser monopolizado por el Estado, es decir el derecho de importar y exportar bienes y servicios. Ninguna empresa privada, nacional o extranjera, podría hacerlo por su cuenta, ya que lo hacen en función de la propia ganancia y no de la necesidad del conjunto. Esto no solo permite planificar la economía, tanto de la importación de lo estratégico (maquinaria, tecnología, etc.) como la exportación (por ejemplo, no exportar carne, si gran parte de la población no puede acceder a la misma) sino también impide la fuga de capitales, que es uno de los males permanentes que desestabilizan la economía del país porque las multinacionales y los capitalistas argentinos sacan ganancias acá y se las llevan. 

Esto impediría también la especulación permanente de las patronales agrarias. Hoy las exportadoras privadas (Cofco, Cargill, Dreyfus, Bunge, AGD, etc.) deciden cuándo exportar, a qué precio, cuánto liquidar y cuándo liquidarlo. Así se aprovechan de la importancia de su liquidación para que entren dólares al país, con lo cual obtienen beneficios y ganancias extraordinarias. 

Las principales vías comerciales también deben estar en manos del Estado: hoy el caso más palpable es el de la Hidrovía del Rio Paraná ya que por allí circula aproximadamente el 80% del comercio exterior del país. 

Conjuntamente con eso, también debería nacionalizarse la Banca, es decir que todos los bancos pasen a ser propiedad estatal y se fusionen en un sistema único, bajo control de los trabajadores. Esto permitiría combatir la especulación financiera, los créditos al consumo con altísimas tasas, la fuga de capitales y las financiaciones a grandes grupos económicos. Y se podría orientar el crédito a necesidades sociales y productivas, no a la ganancia privada. Por ejemplo: financiamiento de vivienda, préstamos para obra pública, financiamiento de energías (especialmente las renovables), industria, salud, educación, combate a la violencia machista, etc.

Al revés de la venta de los recursos energéticos y los minerales estratégicos que impulsan los gobiernos hace décadas, los socialistas proponemos la estatización de las industrias estratégicas y recursos energéticos (petróleo y gas, hoy en manos de YPF, Chevron, Pan American Energy, Vista, etc.; electricidad, hoy en manos de Edesur y Edenor), la minería (litio, cobre, oro y plata) y la producción de las mismas bajo control obrero. Esto permitiría por un lado que la riqueza generada se reinvierta en el país y al servicio de su desarrollo. Y por otro hacer una explotación racional de esos recursos protegiendo el medio ambiente y sin poner en riesgo el equilibrio ecológico y la vida en esas regiones. 

Estas serían algunas de las primeras medidas necesarias para revertir la debacle en la que venimos. Pero ¿Qué tipo de Estado puede garantizar eso? Un Estado e instituciones opuestos por el vértice al actual, que está al servicio de garantizar la ganancia patronal. Un Estado obrero, que planifique la economía, y por lo tanto las relaciones comerciales, al servicio de las necesidades del pueblo trabajador.

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