El fuego del origen: independencia y traición en la historia sindical argentina

Esta nota es la primera de dos, en la que se abordará la historia de los sindicatos en nuestro país, para entender las raíces, los cambios ocurridos en su estructura y por qué, entonces, se pueden transformar en herramientas para luchar. 

Capítulo 1

Hay una bruma espesa que hoy cubre la palabra sindicato. En el imaginario actual, evoca secretarios generales eternizados en sillones, acuerdos firmados a espaldas de las bases trabajadoras y cajas millonarias que se negocian en los ministerios. Se nos ha querido imponer la idea de que el sindicalismo es, y fue siempre, un apéndice burocrático del Estado. Pero los sindicatos no siempre fueron así.

Hubo un tiempo en que sus locales no olían a rosca oficial, sino a asamblea y huelga general. Hubo un tiempo en que las conquistas no se mendigaban en los despachos, sino que se arrancaban con el cuerpo en la calle, frente al hambre y los fusiles. Aquellas primeras organizaciones, independientes por necesidad y revolucionarias por convicción, parieron las jornadas de ocho horas y muchos de nuestros derechos sin pedirle permiso a ningún gobierno.

Mirar ese pasado no es un ejercicio de nostalgia arqueológica. Es una urgencia política. Si los sindicatos no nacieron atados al Estado, significa que sus cadenas actuales no son biológicas, sino históricas. Y lo que la historia unió, la acción de los trabajadores puede desatar. Volver a las raíces nos obliga a hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible reconstruir hoy un modelo sindical radicalmente distinto?

Los orígenes: democracia obrera y libre asociación

A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento obrero argentino germinó al margen de las instituciones, abrazando una autonomía salvaje, silvestre. En esa geografía de conventillos, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) levantó las banderas del anarquismo1. Para aquellos hombres y mujeres, el sindicato era un espacio de resistencia, una trinchera desde donde pelear por el mundo nuevo. 

En esa experiencia originaria, que reunía artesanos y trabajadores, la democracia obrera no se reducía a votar cada tanto tiempo; era una práctica cotidiana de autodeterminación. Las decisiones no se tomaban en despachos cerrados ni se negociaban a espaldas de la clase: se debatían a mano alzada, en asambleas de pie, donde la voz del obrero valía exactamente lo mismo que la del dirigente “más experimentado”. El mandato de las bases era sagrado.

Esa democracia obrera se sostenía sobre una ética de hierro: la asociación libre. En los sindicatos anarquistas no existía el descuento automático ni el financiamiento estatal. La cuota sindical se juntaba mano a mano: eran los propios compañeros quienes pasaban taller por taller y conventillo por conventillo a cobrar el aporte voluntario. Mantener la organización era un compromiso consciente, eso blindaba la relación sindical, junto a la posibilidad soberana de elegir los planes de lucha, los dirigentes, las reivindicaciones. 

Por otro lado, no existían los “dirigentes profesionales”. Quienes asumían la responsabilidad de organizar la lucha trabajaban a la par de sus compañeros y militaban. Sin fueros, sin sueldos de privilegio, a lo sumo equivalentes a un salario obrero, y generalmente sin desvinculación de la producción. La dirigencia sufría la misma explotación y el mismo cansancio que el resto de la clase. El sindicato no era un trampolín de ascenso personal ni una caja de recursos: era una herramienta colectiva financiada desde el bolsillo del trabajador y empujada por el esfuerzo de sus propios iguales.

Por eso, se mantenían independientes del estado. Sabían que en el momento en que una organización de trabajadores empieza a depender del favor oficial, de los subsidios o de las leyes del Gobierno, la voluntad de los trabajadores se ahoga. Para ellos, la huelga general no era un trámite de veinticuatro horas ni un paro domado decretado por una cúpula distante, sino la gimnasia revolucionaria nacida de la discusión directa en las fábricas y los puertos.

A su lado, con otros métodos pero idéntico celo por su autonomía, los socialistas organizaban la fuerza gremial. Sostenían una frontera infranqueable: el sindicato era propiedad exclusiva de los explotados. 

Para el Estado oligárquico de la época, la respuesta ante esto eran las balas de plomo, la cárcel y la deportación. La Ley de Residencia, la Semana Trágica de 1919 y los fusilamientos en los campos helados de la Patagonia Rebelde en 1921 pretendieron domesticar con sangre lo que no podían comprar. El sindicato nació libre porque nació en la clandestinidad, el combate y el ejercicio pleno de su propia soberanía de base.

No hace falta reconstruir de memoria cómo pensaban aquellos militantes: basta leer lo que ellos mismos escribían. En el suplemento extraordinario N°1 de La Organización Obrera —órgano de prensa de la FORA— del 1 de mayo de 1921, puede leerse:

“El pan que anhelan los pueblos, y que prometen los gobernantes o los políticos que aspiran a tales, sólo puede obtenerse en el seno del pueblo mismo, por medio de las organizaciones de producción: los sindicatos. Solo estos pueden cumplir lo que prometen, porque solo estos pueden crear.”

La frase no es un adorno retórico: es un programa. El sindicato no pedía nada al Estado porque no reconocía en el Estado ninguna capacidad de dar. Todo lo que valía la pena se producía, se organizaba y se defendía desde abajo. 

También expresa las limitaciones de esa ideología y programa. Al preconizar la “acción directa” puramente gremial y rechazar por principio la preparación del combate político por el poder del Estado, la FORA dejó a la clase trabajadora inerme ante la violencia organizada de las clases dominantes. Esa abstención política, en los hechos, significó entregarle el monopolio de las armas y de la decisión a la burguesía, privando a los trabajadores de una estrategia para derrotarla e imponer la única salida posible para acabar con la explotación y la opresión: un gobierno del pueblo trabajador con sus organizaciones democráticas.

Esta visión programática e ideológica equivocada tuvo su consecuencia más trágica con el golpe y la dictadura de Uriburu en 1930, al poner un signo igual entre un gobierno democrático burgués como el de Yrigoyen y una dictadura como la de Uriburu. Con el argumento cierto de que ambos eran gobiernos capitalistas, no valoraron la importancia de enfrentar el golpe y defender con los métodos de la clase obrera las libertades democráticas, fruto de la lucha popular, que bajo el primero permitían la organización sindical y política y la libertad de expresión. La dictadura disolvió la FORA, persiguió, torturó, encarceló y fusiló activistas como el célebre Severino Digiovani y se cerró así un ciclo.

En el próximo capítulo desandaremos el camino de las transformaciones sindicales subsiguientes: un recorrido indispensable para entender dónde estamos parados hoy y hacia dónde debemos ir. 

  1. El anarquismo es un movimiento político, filosófico y social que tiene como objetivo principal la abolición del Estado y de toda forma de gobierno, autoridad o control social. Argumenta que cualquier forma de poder estatal inevitablemente reproduce la opresión y la jerarquía. Por eso, la verdadera revolución solo podría alcanzarse mediante la abolición inmediata del Estado y la creación de una sociedad basada en la autogestión y la cooperación libre entre individuos.
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