Cuando hablamos de la decadencia de un país debemos tener en cuenta, en nuestra opinión, algo más que la economía (que muestra índices claros y aberrantes de esa decadencia). Existen, además, otros factores, muchas veces ignorados adrede, que hacen evidente la caída en picada de una Argentina que supo ser líder en cuestiones sanitarias, educativas, de vivienda, y que solía vanagloriarse del respeto a estos derechos básicos.
Lamentablemente, todo esto va dejando de ser una premisa para convertirse, cada día más, en una evocación sobre lo que supimos ser… y tener.
Hoy, por solo tocar algunos de los temas en debate en esta sociedad cuyos sucesivos gobiernos han ido despojando de casi todo, vamos a hablar de la vacunación. Esa que era gratuita y obligatoria y que contaba con un aliciente estatal que hacía que más de 90% de la población estuviese vacunada para prevenir diversas enfermedades, y hasta había logrado erradicar, o al menos controlar, muchas de ellas.
Algunos expertos en el tema dicen que la disminución general en la vacunación tiene que ver con los discursos antivacunas que tuvieron su auge durante la pandemia de Covid-19. Y puede ser, claro. Sin embargo, para nosotros, tiene más que ver con la desidia de los gobiernos para ocuparse del bienestar poblacional, porque eso significaría inversiones en salud que no están dispuestos a hacer, toda vez que esos fondos “deben” destinarse a pagar la deuda externa, a cumplir con el FMI, y a llenar sus bolsillos y los de su burguesía mientras están en el poder.
Y así, la tasa de vacunación de niños de hasta cinco años, que como decíamos alcanzaba 90% y sin la cual no se podía ingresar a la enseñanza primaria, por ejemplo, se ha reducido en los últimos cinco años a un escaso 46 o 47% en casos como el de la triple viral (sarampión, rubéola y coqueluche o tos convulsa), la difteria y la poliomielitis.
En el caso de adolescentes, según señala la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), la cobertura de vacunas contra el virus de papiloma humano (VPH), que se utiliza para la prevención del cáncer genital, cayó a 55% y 51% entre mujeres y varones, respectivamente. Y en las provincias del norte del país, donde se aplica la vacuna contra la fiebre amarilla, el índice bajó a 30% mientras hasta 2022 había sido de más de 60%.
Sólo mantienen una cobertura estable, aunque inferior a la de 2020, las vacunas que se dan en el nacimiento y durante el primer año de vida y que son contra la hepatitis B, la turberculosis y alguna otra. No obstante, la tuberculosis ha tenido un aumento en su nivel de manifestación, que en la Argentina llega a 65% y que este año arrojó alrededor de 14.000 casos.
Entonces, es verdad que existe un discurso antivacunas, impulsado incluso desde legisladores como María Inés Quiroz, del PRO, el partido de Macri aliado a Milei, pero el negacionismo científico ha ido en aumento –y se mantiene– desde que se diera el caso más que conocido de las vacunas para los VIP, así como declarar servicios esenciales algunos que no eran tales para sostener la “nueva normalidad” que obligaba a los trabajadores a desplazarse para cumplir con sus tareas cuando el virus estaba en su apogeo; o las fiestas secretas de integrantes del gobierno mientras los viejos y los trabajadores contagiados morían solos porque a sus familiares no se les permitía verlos, aunque más no fuese para darles un último abrazo. Y todo esto ocurría durante el gobierno del peronismo, que se suponía arraigado a las bases populares. ¿Cómo no va a crecer hoy ese negacionismo, con un gobierno que considera a pobres y viejos como un estorbo social digno de ser eliminado, donde lo que prima es el individualismo, la necedad y la defensa a ultranza del capitalismo y el neoliberalismo?
Un problema de clase
Pero, ahora bien, todos sabemos –o deberíamos saber– que la vacunación y el agua potable son estrategias de salud pública que tiene la humanidad para salvar vidas. Y sabemos –o deberíamos saber– que defender la vacunación es defender las metas que a lo largo de los años hemos ido alcanzando como humanidad. Entonces, no es sólo el discurso antivacunas el factor de este descenso. También lo son la desinformación, la desconfianza social, la desigualdad social, y la falta de acceso a los centros de vacunación. Porque convengamos que, junto con la desidia gubernamental por el tejido sanitario, se puede observar hoy que la mitad de los niños en la Argentina están por debajo de la línea de pobreza, y esas dificultades materiales que sufren sus familias, sumadas a las erráticas campañas, hace más difícil el acceso a la vacunación. Es decir, además de las ideológicas existen barreras materiales reales que hacen que las coberturas de vacunación disminuyan y, por ende, que vuelvan a emerger patologías que estaban controladas hasta ahora. Todo esto sin contar que el gasto per cápita en salud acarrea diferencias pronunciadas en la distribución de recursos, con falta de camas, falta de personal, falta de obra social y/o de planes estatales para la atención pública de salud.
Entonces, es probable que en las familias de mejores ingresos la desconfianza o las campañas antivacunas sean los factores que primen, pero es sin duda la desigualdad social y la falta de preocupación o interés de los sucesivos gobiernos –y del actual, en particular– el motivo por excelencia entre los sectores populares y más pobres. Incluso, hubo un tiempo en que los propios médicos y también las escuelas se encargaban de controlar que el esquema de vacunación de un niño que ingresaba a la enseñanza estuviera completo, pero hoy la burocracia institucional ha relajado esas políticas de monitoreo.
Entonces, el deterioro en el sistema de salud acarrea serias consecuencias. Y el ajuste que desde hace años se lleva adelante en la salud pública es un elemento fundamental en la decadencia del país. Porque, si bien es cierto que el actual gobierno realiza campañas a favor de la vacunación, los recortes de presupuesto en salud pública acaban por convertir estas campañas en una total hipocresía, toda vez que no se facilitan los medios para su acceso en los sectores más vulnerables (a quienes muchas veces ha dejado de preocuparles la vacunación porque su problema más acuciante es cómo sobrevivir y cómo conseguir un plato de comida o un trabajo, así sea miserable). Y, en los sectores con mayor poder adquisitivo, se habla de defensa de la “libertad democrática” frente a los que no quieren vacunarse (porque la consigna es «Yo tengo que ser libre de hacer lo que sienta que tenga que hacer», como dijo “Marilú” Quiroz).
No, y siempre no. El sistema público de salud es una conquista y es de interés social, lo que significa que está por delante y por encima de las consideraciones individuales, porque la falta de preocupación de unos redunda en el contagio y la enfermedad de muchos otros. En ese sentido, es necesario convencer a los trabajadores de nuestra clase para que se vacunen y vacunen a sus hijos, ya que no hacerlo pone en riesgo no sólo a ellos sino a los que los rodean, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Y, a su vez, es necesario, hacerlo obligatorio desde el Estado aún para aquellos que deciden no vacunarse por cuestiones ideológicas, filosóficas o religiosas. No debemos aceptar el negacionismo científico de ninguna índole ni por ninguna razón, porque hacerlo significa anteponer los intereses individuales a los intereses sociales… y sus consecuencias son realmente trágicas. Si no veamos, por ejemplo, lo que pasó en el Garraham o en el Bonaparte, o lo que ocurre hoy con el cierre del Servicio Argentino de Calibración y Medición del INTI (temas estos, como el del agua, que ameritan otros artículos por sus especificidades y complejidades).
El sistema sanitario en riesgo
Si coincidimos en que la vacunación salva vidas, entonces su caída (por los factores que fuera) tiene consecuencias reales… y, muchas veces, trágicas. Por ejemplo, la poliomielitis en la Argentina se erradicó hace ya muchas décadas; sin embargo, la falta de vacunación contra ella abre la posibilidad de que vuelva a aparecer. Lo mismo ocurre con la vacuna contra el VPH, cuyo esquema obligatorio para preadolescentes tuvo una reducción de hasta 10%. Lo peor es que junto a la falta de control, la desinformación y los cuestionamientos a las vacunas, hay una baja percepción sobre el riesgo que implica no vacunarse, particularmente en lo que atañe a bebés, niños, embarazadas y personas que por razones de salud no pueden vacunarse, que necesitan de la inmunidad de la comunidad como un todo para estar protegidos.
Vale decir, la baja en las tasas de vacunación –que hoy ya configura una tendencia en todo el país– impacta sobre muchas enfermedades que solo necesitan de vacunas para ser prevenidas. Y las vacunas se asientan en evidencia científica, son seguras y efectivas y facilitan un escenario de inmunización y protección colectiva que impide y evita brotes epidémicos.
Un retroceso de décadas
La falta de políticas públicas efectivas, así como el libre avance de discursos ideológicos antivacunas, no sólo provoca la reaparición de enfermedades como el sarampión y la tos convulsa, sino que nos hacen retroceder décadas en materia sanitaria.
Las vacunas, que hasta hace unos cinco años eran consideradas un progreso de y para la humanidad, hoy parecen ser la peste misma. Y esto se debe a las campañas antivacunas, sí, pero también y sobre todo, al ajuste en salud pública.
Por citar sólo algunos ejemplos, el gobierno decidió eliminar la gratuidad de la vacuna de fiebre amarilla para viajeros, en un contexto regional (el norte del país) con más de cien muertes. Hoy, esa vacuna cuesta alrededor de 400.000 pesos; también hay en nuestro país un brote de tos convulsa, que ya ocasionó seis muertes; se han detectado casos aislados de sarampión, enfermedad muy contagiosa y potencialmente grave, que puede prevenirse con una vacuna segura y efectiva que, además, está disponible.
Pero en un contexto donde la desinformación se propaga a la misma velocidad que los virus, el ajuste que la salud pública padece desde hace años, y que ningún gobierno quiso ni quiere resolver, genera un retroceso en inmunidad colectiva que propicia la reaparición de enfermedades y destruye los sistemas de prevención y protección, en particular para los sectores más vulnerables de la sociedad.
Revertir este retroceso no será fácil. Es necesario llevar adelante campañas claras y específicas, tomar acciones coordinadas entre el sistema de salud y las escuelas, y recuperar el compromiso colectivo que el país supo tener respecto de la prevención de enfermedades, porque la vacunación es un acto de cuidado individual pero también social y comunitario.
Y, sobre todo, es necesario que luchemos contra las falsas ideologías, contra la desinformación que se nos impone por todos los medios. Para esto, es necesario que toquemos el tema –un tema que ya se ha vuelto un debate político, nos guste o no– en casa, en nuestras familias, con nuestros hijos, así como en las escuelas, los clubes y los lugares de trabajo y de reunión de amigos y/o de vecinos. Porque cuando perdemos vidas que podrían haberse evitado perder con una vacuna, en realidad perdemos el valor y el significado de la vida, perdemos el futuro, perdemos potencial de desarrollo social, cultural, científico y económico. Perdemos lo que podríamos mantener tan sólo con la aplicación de una vacuna.
Y para luchar contra esto no se precisa ser socialista. Alcanza con tener sentido de comunidad, alcanza con dejar de lado el individualismo para pensar en la sociedad como un todo. Alcanza con “no casarse” con las frases grandilocuentes que escuchamos a diario sobre un país que ya no es tal y ver de frente la realidad que nos golpea con sus muestras de indefensión frente a enfermedades epidémicas que creíamos superadas. Porque si hacemos todo esto, aunque seguro no vamos a “arreglar” el país, al menos estaremos conscientes de su decadencia para empezar a tomar las riendas de nuestro destino y, sobre todo, habremos dado un primer paso, muy importante, en la lucha por la concientización de que el negacionismo no conduce más que a tragedias y que las vacunas salvan vidas. Ahora bien, para garantizar verdaderamente la salud de toda la población es necesario acabar con el negocio de la salud y poner en pie un sistema sanitario estatal, único y gratuito controlado por sus trabajadores que son los que mejor pueden garantizarlo.
LAS VACUNAS QUE MÁS CAYERON EN ARGENTINA (2024)
Antes del ingreso escolar (5–6 años) → menos de 50% de cobertura:
- Triple viral (sarampión, rubéola, paperas)
- DTP (difteria, tétanos, tos convulsa)
- Polio (Sabin IPV/OPV)
- Varicela
A los 11 años → caída de hasta 10 puntos:
- HPV (solo la mitad de los preadolescentes vacunados)
- Meningococo ACWY
- Triple bacteriana acelular (refuerzo de tos convulsa)
- Hepatitis B (refuerzo)
Las vacunas críticas que evitan brotes –sarampión, polio, meningitis, tos convulsa y VPH– son las que más cayeron. Todas deberían estar por encima de 85% y hoy rondan 50%.
Fuente: infocielo, 14/11/2025.

Fuentes:
Javier Lorca, para El País en Buenos Aires, nov. 2025.
Infobae: Dra. Alejandra Gaiano, miembro del Comité de Infectología de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), nov. 2025.
Ámbito: Dr. Ricardo Rüttimann, miembro de la Organización Panamericana de la Salud e integrante de la Fundación Centro de Estudios Infectológicos (FUNCEI), nov. 2025.
BravoTV: Dra. en Infectología Carolina Selent, nov. 2025.
La Cielo: investigadora del CONICET, Daniela Hozbor.
Informe Unicef Argentina 2021.

