25 de mayo: hace falta otra revolución y otra independencia

216 años del primer gobierno patrio

La venta del país que Milei viene realizando con el apoyo directo de sus aliados y el indirecto de una oposición demasiado tranquila; ha puesto al país en un punto de no retorno. Expresando sin pudor la voluntad de postración de la clase dominante argentina frente al capital extranjero; la entrega perpetrada por el gobierno de La Libertad Avanza, puso al pueblo trabajador en una disyuntiva: si no queremos seguir sufriendo este despojo; debemos repetir la hazaña de 1810.

La opresión aplastante del dominio extranjero, su burocracia y sus leyes, impuestas para alimentar el parasitismo de la nobleza que aún hoy gobierna España; venía provocando estallidos sociales y protestas de todo tipo se habían producido a lo largo del siglo XVIII, como la gran rebelión de Túpac Amaru en 1781, evidenciando el profundo descontento entre los criollos.

En Buenos Aires, además, se sumaba una situación particular desde las invasiones inglesas: ante la inutilidad y cobardía de las autoridades virreinales, el pueblo se había levantado en armas contra el invasor, derrotándolo; para luego organizarse en milicias que en los hechos desautorizaban al poder colonial.

Con las armas en manos de los criollos, el virrey Cisneros no pudo mantener por mucho tiempo su autoridad ante la caída en manos de Napoleón de las instituciones que regían las colonias a nombre del rey -ya prisionero del emperador francés- y tuvo que entregar el poder al cabildo abierto convocado por las clases acomodadas, el cual formó el primer gobierno criollo; con lo cual el Virreinato del Río de la Plata se unió a la cadena de rebeliones que desataron una revolución continental que conllevaría catorce años de guerra de liberación.

Como perdimos la independencia

Los partidarios de la independencia conformaban un frente en el que confluían sectores sociales diferentes e incluso antagónicos entre sí. El pobre y primitivo desarrollo económico hacía que los sectores populares estuvieran demasiado desorganizados para jugar algún papel independiente. Por otro lado, entre los intelectuales y profesionales -que veían como el atraso de las instituciones del imperio y la nobleza les impedían desarrollar sus carreras- había políticos brillantes y audaces (Moreno, Castelli, Belgrano, etc.) que desarrollaron las ideas y planes necesarios para hacer de la Argentina y todas las colonias países capitalistas, serios, pujantes y desarrollados. Pero no había un sector social que pudiera encarnar esas ideas.

Así, fueron los sectores criollos más ricos quienes terminaron ocupando el sitial dejado por el poder colonial. Pero siendo el virreinato una unidad de economías regionales no muy desarrolladas estas clases acomodadas no solo estaban integradas por sectores tan diferentes como antagónicos, sino que ninguna tenía otro objetivo que seguir cumpliendo la función económica del virreinato: someterse a un mercado mundial interesado en controlar la economía de nuestro país en favor de las grandes potencias.

Tras décadas de guerras civiles, la clase dominante ya unificada creó una argentina productora agropecuaria y receptora de bienes e inversiones, subordinando el desarrollo del país a las necesidades del capital extranjero, primero inglés y luego yanqui, al cual se ató a perpetuidad. De ese modo, no hizo más que reproducir las condiciones de atraso que se vivían bajo el dominio español, condenando a nuestro país al atraso y a los sectores populares a vivir amenazados por el hambre y la miseria. Pero la patronal estanciera y la oligarquía agropecuaria no pudieron disfrutar mucho de su victoria, porque ese desarrollo económico hizo que sus negocios necesitaran trabajadores libres que los hicieran funcionar, lo que hizo surgir un nuevo actor social: La clase obrera

Los trabajadores debemos retomar la tarea de 1810

A medida que el capital extranjero fue haciéndose fuerte en el país, las clases dominantes se fueron transformando en su apéndice, garantes de su dominio; mientras que la clase obrera fue ganando fuerza y cohesión, enfrentando una y otra vez los ataques de la patronal y el imperialismo. Y aunque la explotación y el saqueo permanente del capital extranjero no han hecho más que profundizarse, avanzando sobre nuestros derechos, la fuerza política y social de la clase obrera y sus luchas hace que en la actualidad los políticos patronales no puedan gobernar el país sin tender acuerdos con sus dirigentes y organizaciones.

Precisamente, si el capital nacional y extranjero que nos dominan siguen en pie, es gracias a la traición permanente de esos dirigentes, que han hecho del monopolio de sus cargos una profesión, un modo de vida; evidenciando cómo los sectores que viven de los cargos en instituciones (sean sindicales, políticos o legislativos) se han transformado en lo opuesto que eran en 1810: de ser un sector revolucionario a ser un sector conservador.

La clase obrera tiene el deber histórico de retomar la lucha por liberar a nuestro país y nuestro continente del dominio del capital extranjero, haciendo su propia revolución para acabar con el capitalismo y el orden patronal, del que solo se puede esperar sometimiento nacional y miseria para los trabajadores y el pueblo. Al igual que los patriotas de 1810 lo hicieron al destruir el virreinato y las instituciones coloniales; la clase obrera a la cabeza del pueblo explotado y oprimido, debe destruir las instituciones y leyes patronales, para imponer las suyas propias. Y eso incluye organizarse para defenderse de quienes quieran mantener por la fuerza este saqueo; así como los criollos lo hicieron con sus milicias.

Para llegar a ese punto, hay que recuperar nuestras organizaciones como herramientas de lucha, barriendo de ellas a los sectores ajenos a la clase que al vivir de sus cargos necesitan sostener el capitalismo colonial que nos subyuga, e imponiendo la democracia obrera para que los dirigentes sean controlados por las bases. Y, sobre todo, hay que forjar con los mejores luchadores una organización política cuyo programa responda a esas tareas históricas planteadas. Desde Voz Obrera Socialista consideramos que no hay tarea más importante que la construcción de esa organización. E invitamos a llevarla adelante juntos, a quienes quieran acabar con el dominio del capital nacional y extranjero sobre nuestro país y nuestra clase.

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