La Casa Rosada cruje bajo el peso de su propia hipocresía. Los mismos que llegaron prometiendo dinamitar con motosierra los privilegios de la “casta”, hoy se sientan a disfrutar del banquete estatal con el descaro de los viejos dueños del poder. El último escándalo que salpica al vocero Manuel Adorni no es un tropezón ético en el “camino de la libertad”. Es la confirmación de una verdad histórica que los trabajadores no podemos olvidar: no hay empresarios ni gobernantes honestos, porque el capitalismo es, en su raíz, el robo organizado del esfuerzo ajeno. Cuando las leyes están hechas para que unos pocos se enriquezcan a costa de la mayoría, la corrupción política no es un accidente; es la forma en que los administradores del sistema se cobran sus servicios.
Las cuentas que no cierran y el avión del privilegio
El caso de Adorni es una bofetada en la cara de millones de familias que no llegan a fin de mes. Nos dicen que “no hay plata” para los comedores, para las universidades ni para los jubilados, pero los aviones oficiales se encienden para viajes privados. ¿Cómo hace un funcionario que declara un sueldo de dos millones de pesos mensuales para acumular un gasto de 800.000 dólares en pasajes y lujos junto a su esposa? La matemática de los de arriba siempre es milagrosa: rinde para ellos lo que a nosotros nos recortan.
Este enriquecimiento ilícito no es una excepción libertaria; es la norma del Estado burgués, que en países como el nuestro funciona como un botín de guerra. Su única moral es la del éxito individual y el lucro. Por eso, la corrupción es el denominador común de todos los partidos que gobernaron las últimas décadas:
- Lo vimos con el gobierno de la Alianza, que terminó de sepultar su promesa de transparencia mediante el escándalo de las coimas en el Senado —la famosa “Banelco”—, utilizando fondos de la SIDE para comprar los votos necesarios para aprobar una ley de flexibilización laboral que les quitaba derechos a los trabajadores.
- Lo vimos con el kirchnerismo en el direccionamiento de la obra pública para beneficiar a empresarios amigos del poder. Y si bien la gestión de Alberto Fernández quedó marcada en el imaginario social por el cinismo de los privilegios del Vacunatorio VIP y la fiesta en la Quinta de Olivos, la corrupción estructural también se hizo presente con el escándalo de las contrataciones millonarias de seguros y el cobro de coimas para habilitar las importaciones a través de las SIRAS.
- Lo vimos también durante el macrismo, donde se utilizó el aparato estatal para condonar las deudas del Correo Argentino a las empresas de la propia familia presidencial, sumado al millonario curro de las autopistas mediante la renegociación fraudulenta de contratos para beneficiar a firmas como AUSOL y Autopistas del Oeste con supuestas compensaciones.
- La historia reciente demuestra que no hay excepciones: el menemismo contrabandeó armas y acumuló múltiples causas por coimas; e incluso gestiones identificadas con la institucionalidad democrática, como la de Alfonsín, quedaron manchadas por el caso Mazzorín, sin dejar de mencionar la matriz delictiva y el saqueo económico que caracterizó a la última dictadura militar.
Cambian los nombres y las camisetas, pero los intereses son los mismos. Para esta gente, usar la caja pública para beneficiar a sus socios, a sus hermanos o a sus esposas no es una inmoralidad; es simplemente la lógica del mercado aplicada a la política. Es la necesidad de rodearse de cómplices para custodiar los negocios de su clase: La honestidad es incompatible con el capitalismo. El humorista Groucho Marx decía “El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido”, y la patronal pone eso en práctica cada minuto: para no abundar, baste recordar a los millones de compañeros y compañeras que tienen problemas para jubilarse porque sus empleadores se quedaron con el dinero de sus aportes.
La corrupción, por lo tanto, no es una anomalía de nombres propios, sino un rasgo estructural e institucional que abarca a todos los poderes del Estado capitalista. En la democracia burguesa, los grandes capitalistas invierten fortunas aportando a las campañas electorales de los partidos patronales, tanto por vías legales como ilegales, no por filantropía, sino para garantizarse la devolución de favores mediante leyes a medida en el Parlamento, concesiones y negocios privilegiados, mientras los políticos actúan como gerentes que cobran comisiones por sus gestiones.
Esta connivencia no se limita al financiamiento: la burguesía coloniza directamente los resortes del poder colocando a “su gente” en los ministerios clave. Se vio históricamente y se profundiza hoy con el gobierno de Milei, cuyo gabinete y Banco Central están poblados por ex empleados del JP Morgan o Corporación América (Eurnekian), desdibujando cualquier frontera entre el interés público y el privado. Esta matriz de corrupción institucionalizada se extiende a la Justicia —cuyo emblema es el escándalo de Lago Escondido— y busca perfeccionarse a futuro: la reforma electoral impulsada por el oficialismo para eliminar los topes de aportes privados a las campañas no es más que el intento de legalizar por completo la compra directa de candidatos y políticas públicas por parte del gran capital.
Su moral y la nuestra: la doble vara de los de arriba
En 1938, en su libro Su moral y la nuestra, León Trotsky dejó una definición clave para entender este circo:
“La clase dominante impone sus fines a la sociedad y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines”.
Traducido a nuestra realidad: ellos nos enseñan que es “inmoral” cortar una calle por un plato de comida o hacer una huelga por un salario digno, porque eso atenta contra su orden. Pero consideran perfectamente “moral” licuar los sueldos, despedir a miles de laburantes y usar los recursos públicos para sus lujos personales. No existe una honestidad universal en el capitalismo; la moral de los de arriba es siempre la de la ganancia y la preservación de su dominio.
En La revolución traicionada, Trotsky explicaba cómo las burocracias se divorcian de las masas cuando empiezan a asignarse privilegios, sueldos de excepción y viviendas exclusivas por el solo hecho de ser los “administradores”. Esa misma película la estamos viendo hoy en primera fila: un gobierno que predica el sacrificio ajeno desde el confort de sus privilegios impunes.
Hay una salida: control obrero y fin del secreto comercial
Las recetas de la propia democracia burguesa son una trampa. No vamos a terminar con la corrupción pidiéndole a la Oficina de Anticorrupción o a jueces millonarios —que juegan para el mismo equipo— que investiguen los chanchullos. A la burocracia estatal solo se la frena abriendo las ventanas y terminando con el secreto de oficina.
Para arrancar la podredumbre de raíz, la clase obrera necesita imponer su propia salida:
- Apertura de los libros públicos: Exijamos ver cada entrada y salida de dinero, los gastos reales de los funcionarios y las cuentas de las empresas contratistas del Estado. Que las cuentas públicas estén abiertas al escrutinio del pueblo trabajador y sus organizaciones.
- Control obrero de la administración: Si los trabajadores de las dependencias estatales, los que hacen funcionar los ministerios día a día, tuvieran el control de los libros y poder de veto, no habría avión oficial que se mueva para un viaje privado ni pariente que pueda ser acomodado a dedo.
- Que todo funcionario gane como un laburante: Fin a los sueldos de privilegio. Todo cargo debe ser revocable por el pueblo si no cumple con lo prometido.
- Por comisiones investigadoras obreras y populares independientes para los casos de corrupción. Elección popular de los jueces y tribunales populares para los juicios.
No peleamos para cambiar de capataces en la gerencia de nuestra miseria; queremos que los que producen todo lo que existe tomen el control de la sociedad. Contra la doble vara de su moral decadente, levantamos la nuestra: la de la solidaridad de clase, la organización independiente y la lucha colectiva por un gobierno de los trabajadores que barra, de una vez y para siempre, con el barro del capitalismo.

