Como a esta inmensidad de almas que se suceden en las movilizaciones de estos días, a través de Los Redondos se movió casi mi universo en su totalidad.
En general, no se puede ser consciente de la cantidad de cosas que se introyectaron en uno, esa cantidad de elementos que forman parte de nuestro propio esquema mental, de la consciencia o del razonamiento inconsciente; la forma de comprender el mundo se nos presenta más bien con una serie de pautas que quizá alguna vez reflexionamos pero después quedaron ahí y quizá nos olvidamos de dónde vienen.
Es culpa tuya, Indio, que muchos hayamos podido ver al rock como expresión de rebeldía política, al rock como medio para cambiar el mundo… darle el pleno de la vida a semejante ingenuidad y arruinarse así fue un privilegio. Todas las notas son de Skay, todas las palabras son del Indio. Son un comisariado de la estética: contradecirles es el pecado mortal, traicionarse.
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Perder la forma humana, intentar ubicarse en las afueras del cuerpo… todavía hoy no comprendo qué terminan de significar esas palabras que leía de chiquito de sus viejas entrevistas y artículos… cerdos y peces, expreso imaginario, las compilaciones clandestinas de “el delito americano”, expreso imaginario… por supuesto, no se trata de comprender las cosas como si tuvieran una dirección unívoca. Los Redondos nos hicieron fácil un montón de síntesis y sincretismos. Esta extrapolación hacia fuera de los límites del cuerpo tiene su germen en la toma de LSD y similares sólo como un elemento más, no se trata de la psicodelia por la droga misma, sino del componente político que hizo históricamente necesaria a la experiencia psicodélica.
La alienación no es “moco de pavo”, es un cóctel que no se mezcla sólo…y esta rara pretensión de desprenderse de la forma humana no viene por vocación idealista. Se inscribe en una generación que encontró en el ácido una escapatoria fugaz a ser condenxs a la “nomadés”. Pequeñas vacaciones para adentro de la piel porque casi todo lo que está afuera es el mismo infierno. Por eso Los Redondos son, en realidad, una banda propia de unos años ´70 que no empezaron en 1970 ni terminaron en 1979. Porque más allá de los caprichos cronológicos (el viaje a Salta y el Teatro Lozano como disparadores del mito, alrededor de un años tan pesados como 1978/79), el Indio, Skay, la negra Poly, Rocambole, pertenecen a esa generación que se paraba desde el arte pero desde un arte que se desarrollaba como producto de formas más complejas de militancia y organización propias de su época; Los Redondos no son simplemente amigos que se juntaron para tocar rock and roll. Patricio Rey es emergente y síntesis de un movimiento que se venía nutriendo desde los beatniks a los hippies pasando por la militancia armada. Es un producto original de ese movimiento histórico y sin ese movimiento histórico solamente nos quedarían canciones pegadizas y ya.
Semejante construcción no tardó en impactar en las vanguardias artísticas de los años ochenta y erigirse como su dirección. Y cuando las vanguardias se encuentran con una producción tan original y a la vez sintética de lo ordinario, no es de extrañarse el acercamiento de las masas. Los Redondos ya estaban viendo desde sus primeras canciones el impacto desproletarizador del neoliberalismo y esas nuevas formas de existencia que se mueven como la formalización de la clandestinidad. Fuegos de Octubre, el abstracto perfecto de los que sostenemos las banderas rojas, cobija su elevación a lo concreto en todo el Baión. No podía ser al revés, no podían tomar otro camino. Los Redondos se escaparon mucho antes que la gran industria de las pomposas explosiones de reverberancia y tomaron su forma arquetípica, un dispositivo de rock total.
Los Redondos nos hicieron creer que el rock es rebelde por definición, que una banda puede ser una forma de organización revolucionaria y a la vez mística, que un recital se puede parecer más a la toma del Palacio de Invierno que a un bussines; que una multitud amorfa volando como un sólo alma puede tomar el cielo por asalto coreando un solo de guitarra. Guardo ese cúmulo de emociones, esa síntesis insuperable que fue ver, escuchar y sentir Queso Ruso el 16 de abril del 2000 en River. Mientras como masa (mi padre, mi hermano y yo incluídos) cantábamos con emoción cada palabra, las pantallas gigantes proyectaban a Lenin y multitudes movilizadas en puro blanco y negro. Me pregunté qué había sido eso hasta que en una muestra que hizo en el Palais de Glace el mismísimo Mono Cohen me dijo que eran escenas de “Octubre” de Eisenstein. Realmente no se me ocurre otro punto más elevado del arte o un momento más epifánico que aquel; el pueblo desangelado en la víspera del agotamiento del régimen, insaciablemente gediento por este rock espectacular que para hacernos soñar aún más nos trae la imagen de los bolcheviques, mientras Skay le inyecta su alma a la De Castro verde. Los Redondos traían de visita al espectro del proletariado ruso y la revolución mundial otra vez, para que signifique algo, para que no se olviden esos recorridos, que la historia no empezó ayer ni terminará mañana. Consiguieron que tengamos que hacernos esas preguntas, nos dieron la posibilidad de poner al botija rapado en la misma escena donde los esclavos rompen cadenas, las desventuras de los hijos errantes del diablo y los engañados dioses berreta transando una vulcan roja, como la strato, como los estandartes que por fuerza de la historia se cuelan en esa imagen definitiva que es el arte de Oktubre, por más que intentes decir que sos prescindente. Indio, vos hiciste que lo prefiramos igual: internacional. Todas las otras pistas cabalgan esa idea diría Horowicz, este asunto está ahora y para siempre en tus manos.
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Pusieron las palabras rock y revolución más cerca que nunca, más que ningún otro ejemplo en la historia. No podré hacer otra cosa que agradecer hasta el último de mis días al Indio y a Los Redondos por haberle dado sentido, literalmente, a mi vida.

