Acuerdo de sumisión con EE.UU: Nuevo momento de un viejo plan

El “Acuerdo marco” entre Argentina y EE.UU. firmado el jueves 13, no es una noticia más, ni un mero golpe de efecto. Si bien aun no se conoce “la letra chica” de cada uno de los puntos, lo que sí se conoce ya dice mucho y da cuenta que, de concretarse, es un salto en la semicolonización de nuestro país por parte de EE.UU. (ver “Acuerdo bilateral: puntos clave de la subordinación sin disimulo”)

La relación de EE.UU.  con Argentina (y con el conjunto de América Latina) en términos de dominación, viene de larga data. La “Doctrina Monroe” rige como política exterior yanqui desde 1823 y se resume en el lema “América para los americanos” es decir, Latinoamérica para los norteamericanos (en una clara disputa con las potencias imperialistas europeas). Pero es pos Segunda Guerra Mundial, cuando los yanquis se consolidan como amos del mundo, que empiezan a ganar terreno cada vez mayor también en nuestro país, principalmente mediante el mecanismo de inversiones y mediante la deuda externa.

Los “acuerdos”

Los acuerdos comerciales no fueron en estas décadas un instrumento privilegiado. Los antecedentes al actual son pocos. En 1994 empezó a regir el Tratado Bilateral de Inversiones, que tenía como fin brindar beneficios y garantías a las empresas yanquis en nuestro país. Esto se dio conjuntamente al proceso de desindustrialización, es decir que el incentivo de inversiones no redundó en un aumento de unidades productivas, fuentes laborales, etc., sino en beneficios para que compren las empresas del Estado que estaban rematando. 

Luego de eso hubo un intento de EE.UU. de avanzar en un mega acuerdo comercial con el conjunto de América Latina, el ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de América). Desde 1994 hasta el 2005 estuvo en discusión esta propuesta que incluía la eliminación de aranceles, es decir, que productos estadounidenses ingresarían a precios muy competitivos en América Latina, y los productos latinoamericanos tendrían que competir directamente con industrias más desarrolladas; apertura total de servicios, significaba que empresas de EE.UU. podían entrar sin restricciones a mercados de servicios latinoamericanos; incluía el trato nacional” (tratar al inversor extranjero igual que a uno local); prohibía condiciones como contenido local o transferencia tecnológica; limitar expropiaciones o regulaciones estatales que afectaran ganancias.

Este proyecto, que significaba directamente convertir a toda Latinoamérica prácticamente en una colonia, fue derrotado al calor de los ascensos revolucionarios que recorrieron gran parte del continente (Ecuador en los 2000, Argentina en 2001, Bolivia en 2002 y 2005).  Frente a esto, EE.UU. avanzó con tratados bilaterales o TLC en los países en los que pudo (México, Colombia, Perú, Panamá, Centroamérica). 

En nuestro país en 2016 se firmó el Acuerdo Marco en Materia de Comercio e Inversión (AMCI), también conocido como TIFA, que tuvo como objetivo dar un marco a la regulación de las barreras comerciales, y promover las inversiones de EE.UU. en sectores estratégicos.

El “Acuerdo Marco” actual da un paso más y retoma, a nivel bilateral, parte importante de lo que el ALCA pretendía para todo el continente, como por ejemplo el acceso preferencial para productos de EE.UU. o la renuncia a mantener estándares propios asumiendo los de Estados Unidos como válidos, entre otros.

Las consecuencias

Desde que subió Milei las referencias a la década de los 90 se volvieron permanentes, por las semejanzas en la política con el gobierno peronista de Menem. Las argumentaciones y festejos parecen las mismas que entonces, “ahora que nos abrimos al mundo, por fin vamos a crecer”. Pero con el diario del lunes de las consecuencias para el pueblo trabajador que tuvo esa apertura, es fácil prever que ese vamos no nos incluye: en aquel entonces esa apertura derivó en una crisis económica brutal, con efectos tremendos entre los trabajadores y el pueblo trabajador en 2001(21 % de desocupación, 40% de subocupación, 57,5% de pobreza, según datos del INDEC). 

Hoy partimos de un piso aún más bajo que entonces, entonces las consecuencias van a ser aún más desvastadoras. La producción industrial nacional está en uno de los momentos más bajos de su historia, utilizando solo el 53,4% de la capacidad  instalada (es decir que de la capacidad industrial ya existente en el país solo se utiliza la mitad). Ya la apertura de importaciones está teniendo efectos con la pérdida de empleos fabriles (desde la asunción del presidente Javier Milei, el empleo formal cayó 2,81%, lo que equivale a más de 432 puestos menos por día), con la apertura total a los productos yanquis, esto se potenciaría y con un mayor número de desocupados/as las posibilidades de mantener los salarios bajos (que ya están por el piso) aumentan.

El acuerdo en relación a la carne bovina también tiene consecuencias notables en los bolsillos. Si ya la carne vacuna está carísima, y es cada vez más inaccesible para gran parte de la población, que se aumente la exportación lleva a una tendencia a que se eleve el precio en las góndolas locales. 

Por otra parte, lo que llaman “armonización normativa” que es en verdad la renuncia de Argentina a tener sus propios criterios, no es sólo un problema de soberanía básica (lo cual ya de por si es muy grave). Tiene también consecuencias prácticas para el pueblo trabajador ya que pasamos a depender de criterios de calidad farmacológica de empresas que en EE.UU. provocaron la crisis de los opioides; al promover la venta indiscriminada de psicofármacos, medicamentos que generan adicción, etc. De esta forma se renuncia a los controles propios de calidad y sanitarios lo cual pone en riesgo la salud de la población.

Aun sin tener la letra chica, sin necesidad de exagerar, se puede prever que las consecuencias de pasar totalmente este acuerdo, serán desastrosas para el pueblo trabajador. 

Se puede derrotar

Por eso es necesario derrotar el actual acuerdo, organizando la resistencia y con medidas de lucha concretas. No alcanza con criticarlo de palabra y decir cuánto afecta nuestra soberanía como hicieron la mayoría de los dirigentes peronistas, ligados al kirchnerismo (mientras otros peronistas corren a congraciarse con el gobierno), con el objetivo de en las próximas elecciones no cargar en las espaldas con las consecuencias del acuerdo. Si realmente quisieran enfrentarlo, estarían poniendo todos los sectores sindicales que dirigen y el capital político con el que cuentan, al servicio de esta tarea, pero no lo hacen. 

Solo ATE llamó a un paro y movilización junto con el Frente de Lucha Piquetero este 19 de noviembre, pero en la medida que eso no se profundice, solo será testimonial. Por eso es necesario informarnos, difundir y organizar la resistencia desde cada lugar de trabajo, con la perspectiva de derrotar el acuerdo. No es hora de quedarse en lamentos o especulaciones, aun se puede derrotar, como en su momento fue derrotado el ALCA, bandera que fue capitalizada por los entonces gobiernos de conciliación de clases o nacionalistas burgueses tardíos como Chávez, Lula y Kirchner, pero que en verdad fue producto de la resistencia del pueblo trabajador por años. 

Hoy, 20 años después, estamos ante intentos  similares, porque  en la medida en que quienes realmente no obtenemos ningún beneficio de la dominación, la clase obrera y el pueblo trabajador, no construyamos nuestro propio camino y programa  (ver nuestras propuestas), seguiremos en un espiral de decadencia donde los planes coloniales cambian de nombre y de forma, pero no en lo  esencial. 

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