Todo el mundo dice “se aprobó la reforma laboral”, y no falta quien lo diga con esperanza o incluso con alegría. Pero la realidad que nos alcanza, particularmente a los trabajadores y, en especial, a las mujeres trabajadoras, no provoca ningún destello de entusiasmo cuando comprendemos que esta flexibilidad horaria y de contrataciones, así como el banco de horas, las modificaciones en las vacaciones y otras medidas que llaman “modernización”, no son más que la desorganización y, sobre todo, la mercantilización de nuestras vidas.
Si este análisis parece exagerado, veamos en qué y cómo afecta esta “modernización” de la vida laboral a las mujeres que no sólo trabajan fuera de su hogar, sino que además cargan mayoritariamente con las tareas domésticas y de cuidado de hijos, hijas y personas mayores. Porque el problema no es sólo trabajar más, sino tener que hacerlo sin siquiera poder prever de qué tiempo dispondremos para nuestra vida o con qué ingresos contaremos.
Esta reforma, que otorga a las empresas mayor poder para decidir cuándo trabajar, cuántas horas hacerlo y bajo qué condiciones, sólo refuerza la desigualdad de género a la que las mujeres trabajadoras estamos expuestas desde siempre en esta sociedad capitalista.
Y cuando hablamos de desigualdades no nos referimos sólo al salario —que ya es, en promedio, alrededor de un 27% menor que el de los trabajadores varones— sino también a las posibilidades de ingresar al mercado laboral y de permanecer en él. Ni hablar de los ascensos, que suelen otorgarse con cuentagotas cuando no están directamente vedados a las mujeres, incluso en ramas donde somos mayoría, como la educación o la salud.
A esto se suma otra realidad: la enorme carga de tareas domésticas y de cuidado que recae sobre las mujeres. No se trata de responsabilidades “naturales”, sino de tareas socialmente impuestas por el sistema y reforzadas por el machismo, que asigna a las mujeres el rol de sostener la reproducción cotidiana de la vida. En este contexto, resulta muy difícil encontrar tiempo para participar activamente en un sindicato, en una organización social o en un partido político. Muchas veces apenas tenemos tiempo para descansar después de una jornada que combina trabajo remunerado con trabajo doméstico no pago.
Por eso, esta reforma laboral no sólo profundiza la desigualdad de género en términos de organización del trabajo, sino también en términos de ingresos y autonomía. En la medida en que las jornadas laborales queden cada vez más sujetas a las necesidades de las empresas y a los ritmos del mercado, el salario se transforma en una variable más de ajuste. Y eso, en la práctica, significa profundizar la dependencia económica de muchas mujeres.
Pero para nuestra desgracia, no se trata sólo de un robo en el presente sino también de una hipoteca sobre el futuro. Resulta difícil imaginar que un eventual regreso del peronismo al gobierno revierta esta reforma. Basta ver lo ocurrido durante su discusión: las direcciones sindicales y muchos dirigentes políticos apenas esbozaron una huelga general de un día, convocada sin preparación ni movilización, acompañada por discursos altisonantes… y poco más.
¿Por qué decimos que esta reforma también compromete el futuro? Porque hoy las mujeres ya reciben las jubilaciones más bajas y cerca del 70% de ellas sólo logra jubilarse gracias a moratorias previsionales. Si además se reducen los aportes patronales destinados a jubilaciones, pensiones y otras prestaciones sociales, el sistema previsional se debilita todavía más.
Esto implica que el sistema que debería servir de sostén para los trabajadores en su conjunto cumplirá cada vez menos esa función, y mucho menos para las mujeres, que partimos de salarios más bajos y que somos las primeras en sufrir reducciones de horas de trabajo o pérdida de empleo.
La reforma también modifica aspectos vinculados a la organización del tiempo de descanso. Al permitir mayor discrecionalidad empresaria sobre la distribución de vacaciones y jornadas laborales, se dificulta aún más la planificación de la vida familiar y personal, algo que afecta especialmente a quienes tienen responsabilidades de cuidado.
Si hablamos de salarios y precarización, tampoco podemos ignorar lo que esta reforma significa para las mujeres que trabajan en el servicio doméstico o en empresas tercerizadas, como las de limpieza. Estos sectores ya son extremadamente precarios. Si una familia de clase media ve caer sus ingresos, lo primero que suele recortar es el trabajo doméstico que paga. Y si se trata de empresas, la precarización y la tercerización funcionan desde hace tiempo como una variable de ajuste.
La reforma ataca indudablemente los salarios de las familias trabajadoras y perjudica particularmente a las mujeres. Pero también golpea sectores clave como la educación y la salud, donde las mujeres somos mayoría.
Y esto no es un detalle menor. La educación y la salud son pilares fundamentales de cualquier sociedad. La precarización laboral y la flexibilización horaria pueden expulsar a muchas mujeres del mercado laboral, porque les resulta imposible compatibilizar esas condiciones con las tareas de cuidado que el propio sistema les impone.
En el caso de la educación, esto ocurre en un sistema que ya viene sufriendo décadas de deterioro. Las escuelas, con recursos cada vez más limitados y docentes sobrecargados, enfrentan problemas sociales cada vez más complejos derivados de la crisis económica. La reforma laboral no hará más que profundizar estas tensiones.
En la salud ocurre algo similar. Las mujeres son mayoría en muchas de las tareas más exigentes y peor pagadas del sistema, como enfermería o limpieza hospitalaria. En un sistema que ya se encuentra colapsado en muchos lugares, estas trabajadoras soportan cargas de trabajo enormes que afectan directamente sus condiciones de vida.
A esto se suma la carga mental y organizativa que recae sobre las mujeres cuando deben ocuparse de llevar a sus hijos o familiares mayores al médico, gestionar tratamientos o atender situaciones de enfermedad. Si los horarios laborales se vuelven cada vez más imprevisibles y los salarios más insuficientes, estas tareas se vuelven todavía más difíciles de sostener.
Tanto el derecho a la salud como el derecho a la educación deberían ser inalienables. Sin embargo, el deterioro social que impone la lógica capitalista —y que esta reforma profundiza— vacía cada vez más de contenido la función social que estos servicios deberían cumplir.
Entonces, cabe preguntarnos: ¿es realmente esta reforma una “modernización” de las relaciones laborales? ¿O es, en realidad, un nuevo ataque del sistema capitalista y de este gobierno al servicio de las ganancias empresarias, que utiliza a los trabajadores y particularmente a las mujeres trabajadoras como variable de ajuste frente a las crisis económicas?
Frente a esta realidad, tampoco podemos esperar que quienes hoy se presentan como opositores a este gobierno nos digan cómo resistir. Ellos también forman parte del sistema que nos llevó hasta esta situación.
Por eso, la única salida que vemos es organizar la resistencia por nuestros propios medios, junto a todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra clase, en cada barrio, en cada escuela, en cada hospital y en cada lugar de trabajo.
Se trata de enfrentar este nuevo ataque, defender nuestros derechos y recuperar lo que nos han quitado. Pero también de algo más profundo: luchar por nuestra dignidad como trabajadores y trabajadoras, y por nuestra organización como mujeres de la clase trabajadora.
Porque el problema no es sólo esta reforma laboral, sino el modelo de sociedad que la produce: un sistema que nos explota, nos precariza y nos margina.
Por eso, nuestra lucha no puede limitarse a resistir cada ataque aislado. Debe apuntar también a construir una sociedad distinta, una sociedad socialista, donde las mujeres y los hombres de nuestra clase podamos vivir con igualdad real, libertad y verdadera independencia.

