La Guerra de Malvinas, el imperialismo y el gobierno de Milei

**Fotografía tomada del artículo de SaltaDice del 13/11/2023

La Guerra de Malvinas… ¿cómo hablar de ella sin hablar de la dictadura militar argentina? ¿Y cómo hablar de la dictadura que asoló a la Argentina entre 1976 y 1982 sin hablar de Malvinas? Una y la otra están estrechamente ligadas en la memoria y en la conciencia de los trabajadores y del pueblo argentino por el dolor y el sufrimiento que nos causaron, pero también por el heroísmo de nuestros “pibes” en la guerra y por la resistencia de las masas argentinas frente al imperialismo inglés y yanqui.

Hablar de Malvinas no es fácil. Y no porque ya pasaron muchos años o porque tengamos confusión en cuanto a lo que se debería haber hecho, sino porque aún duele y siempre dolerá en nuestras entrañas (o debería dolernos) esa dictadura siniestra que transformó una guerra justa, de un país semicolonial y oprimido contra el imperialismo, en una “aventura” para salvar un régimen que se ahogaba en su crisis.

En ese marco, la mayoría de la burguesía argentina junto con los mandos militares y la Iglesia católica empezaron a trabajar para la derrota argentina, y como entre ellos había quienes deseaban perderla rápidamente y quienes querían ganarla, y, además, en medio de esa disputa se produjo una impresionante movilización antiimperialista de las masas, el régimen se quebró.

Es cierto que iniciar la guerra fue un grave error de cálculo político de los militares argentinos en el poder. Es cierto también que la primera ministra inglesa Margaret Thatcher aprovechó esta guerra para fortalecer su gestión, y es cierto que Reagan, por entonces presidente de los Estados Unidos, la apoyó con bases de reabastecimiento de combustible y apoyo técnico y logístico para dejar claro al mundo que con el imperialismo y sus posesiones no se juega.

Pero ¿qué posición era (y es) la correcta para la izquierda revolucionaria? ¿Como el país era gobernado por una dictadura militar, estaba bien que el imperialismo invadiera nuestro territorio? ¿Qué era prioritario, el repudio al régimen de torturadores y asesinos que nos gobernaba o la lucha antiimperialista que podía liberarnos incluso de ese régimen?

Nosotros estamos convencidos de que nuestro lugar estaba en el campo militar antiimperialista, impulsando las movilizaciones de las masas, que, por otra parte, fueron las que le dieron el “golpe de gracia” a la dictadura cuando se rindió en la guerra. Porque, en el enfrentamiento entre imperialismo y semicolonia, es una y solo una la política revolucionaria: del lado de los pueblos oprimidos (independientemente de sus direcciones) contra el imperialismo. Quienes oscilan entre una política pacifista de “neutralidad” o un vergonzante apoyo al país imperialista sólo son serviles al imperialismo.

¿Cuál fue “nuestro lado” en la guerra?

Lenin decía que “los socialistas no pueden alcanzar su elevado objetivo sin luchar contra toda opresión de las naciones” (El socialismo y la guerra, 1915). Es decir, frente a la Guerra de Malvinas, “necesaria y justa”, independientemente de sus resultados, lo que había que tener en cuenta era el carácter de los países en conflicto y no la dirección que la llevaba adelante en el país oprimido.

Y Trotsky decía que en la hipótesis de guerra entre un régimen semifascista semicolonial (como el de la Argentina entre 1976-1982) y una potencia imperialista “democrática” (como el Reino Unido) los revolucionarios deben ser parte, sin dudarlo, del “campo militar” del país semicolonial.

El Programa de Transición, elaborado por Trotsky para la IV Internacional, dice respecto de la lucha contra el imperialismo y las guerras:

«En la cuestión de la guerra, más que en cualquier otra, la burguesía y sus agentes engañan al pueblo con abstracciones, fórmulas generales, frases patéticas: “neutralidad”, “seguridad colectiva”, “armamento para la defensa de la paz”, “defensa nacional”, “lucha contra el fascismo”, etc. Todas esas fórmulas se reducen, al fin de cuentas, a la cuestión de que la guerra, es decir, [para ellos] la suerte de los pueblos debe continuar en manos de los imperialistas, de sus gobiernos, de su diplomacia, de sus estados mayores, con todas sus intrigas y todos sus complots contra los pueblos».

Y en cuanto a la “defensa de la patria” dice que «… por esa abstracción, la burguesía entiende la defensa de sus ganancias y de sus pillajes». (…) «Cuando el obrero habla de defensa de la patria, habla de la defensa de su casa, de su familia, y de las familias de otros contra la invasión, contra las bombas, contra los gases… en tanto el capitalista entiende por defensa de la patria la conquista de colonias y mercados, la expansión extorsiva de la parte “nacional” de la renta mundial. El pacifismo y el patriotismo burgueses son mentiras completas (…)».

Ateniéndonos a esos criterios que consideramos correctos es que, en aquel momento, luchamos en la primera fila del combate contra el imperialismo inglés (y yanqui), llamamos a la movilización revolucionaria de las masas, a no confiar en los gobernantes ni en el Papa, e impulsamos una campaña internacional de apoyo a la Argentina en la guerra.

El internacionalismo proletario vs. las burguesías nacionales

Por su parte, algunos pueblos latinoamericanos ofrecieron armamento, en particular Perú, que envió aviones que fueron aceptados por el gobierno argentino (aunque no aceptó a los pilotos y voluntarios). Cuba ofreció un submarino, que fue rechazado. Y Bolivia organizó a 2.500 voluntarios para combatir y ayudar a que ganásemos la guerra, lo que tampoco el gobierno argentino aceptó.

El comandante de la flota británica, almirante Sandy Woodward, dice en su Diario de la Guerra que la posibilidad de que Argentina ganara la guerra existió realmente, ya que los navíos ingleses eran medianos y poco aptos para distancias largas, a mar abierto, en particular frente a los ataques aéreos de los que la aviación argentina dio cuenta.

Es decir, Argentina pudo haber ganado la guerra. Si no ganó, fue por una política consciente de la conducción político-militar para llevarnos a la derrota. Pero que ganáramos no hubiera impedido la caída de la dictadura, porque las masas estaban movilizadas, incluso desde antes de Malvinas, y luchando en las calles y en los lugares de trabajo contra ese régimen nefasto.

No obstante, no debemos olvidar que además de la dictadura, tuvimos en contra a la mayoría de la burguesía argentina, que preocupada por sus relaciones con el imperialismo no tomó una sola medida económica, como expropiar empresas, bancos e industrias que tanto Inglaterra como Estados Unidos tenían en el país, o dejar de pagar la deuda externa. Tampoco debemos olvidar a la Iglesia católica en la figura de Juan Pablo II, que visitó el país para convencernos de que debíamos “defender la paz”, es decir, rendirnos… lo que ocurrió pocos días después.

El imperialismo no es invencible

Aquí surge la polémica de siempre: ¿se puede vencer al imperialismo? ¡Es falso que no se puede! La superioridad militar no siempre define el curso de una guerra. Se deben considerar, además, y como elemento central, los factores políticos, el contexto mundial en que se da esa guerra, y la convicción en la lucha. Si no, no se podría explicar la derrota del imperialismo en Vietnam ni en Irak ni en Afganistán, ni tampoco por qué está hoy en un tembladeral en Medio Oriente, frente a Irán.

Si tomásemos aisladamente el poderío militar del imperialismo, sería lógico concluir que, para los pueblos oprimidos y explotados, semicoloniales y dependientes, no hay ninguna posibilidad de enfrentamiento victorioso con el imperialismo. Pero la historia ha demostrado que más de una vez el imperialismo ha sido derrotado en guerras contra países más débiles y de estas características (aun al costo de mucho sufrimiento y de muchas pérdidas) cuando se enfrenta con una poderosa resistencia nacional en el país agredido y con movilizaciones masivas contra la guerra hasta en su propio país.

No a la “desmalvinización”

Desde hace ya muchos años, los sucesivos gobiernos argentinos han llevado adelante una campaña sistemática de “desmalvinización”, a través de los medios, pero también en las escuelas y en los actos públicos que conmemoran la guerra. Quieren borrar de la memoria de nuestro pueblo esa guerra “necesaria y justa” contra una potencia imperialista, quieren borrarnos la conciencia antiimperialista que abrió en nosotros la Guerra de Malvinas. Porque ya no les alcanza con seguir siendo entreguistas y lamebotas del imperialismo: de pronto aparece el 24 de marzo y la gente sale por miles a las calles para reivindicar a los 30.000 desaparecidos por la dictadura. De pronto, surge el 2 de abril y nadie olvida a los pibes que murieron por defender nuestra soberanía y nuestra dignidad. Y porque vemos cotidianamente las condiciones lamentables en que viven los hoy veteranos que sobrevivieron en Malvinas.

Pero, sobre todo, independientemente de las fechas, nuestro pueblo, nuestra clase trabajadora, no deja de sufrir con la explotación creciente a que nos someten con la reforma laboral que sancionó este gobierno de Milei; no ignora la entrega de nuestra soberanía con los acuerdos de explotación minera o con la Ley de Glaciares, no es indiferente a la represión contra los jubilados, los docentes y todos aquellos que reclaman, ni con el cierre de fábricas y el abandono o desmantelamiento de hospitales, el deterioro de las escuelas y universidades, y el consecuente desempleo y la superexplotación que esta sucesión de medidas trae para el pueblo trabajador. Y no puede ni debe ser indiferente respecto de la base militar del imperialismo inglés en Malvinas, porque esto es una amenaza para nuestro país y para todo el Cono Sur. De la misma forma, no puede ni debe ignorar la pretensión de Milei de instalar una base yanqui en Tierra del Fuego.

En medio de la “desmalvinización”, que no es más que querer apagarnos la memoria antiimperialista, el gobierno de Milei hace declaraciones vergonzosas y aberrantes en favor del imperialismo estadounidense y del Estado sionista de Israel contra Irán, y alinea a la Argentina con el eje político-militar que lleva adelante el genocidio contra el pueblo palestino.

Aquí cabe decir bien claro: ¡No, Milei! ¡No en nuestro nombre! ¡Sí a la lucha de los pueblos oprimidos contra sus opresores! ¡Sí a la lucha de los pueblos independientes por mantener su independencia! ¡No a la desmalvinización!

Antiimperialismo y Segunda Independencia

Las guerras no las deciden los pueblos, pero son los que las sufren. En particular esas guerras que los países imperialistas desatan contra las naciones y los pueblos semicoloniales y oprimidos. De todos modos, la realidad es una… las guerras existen. Frente a ellas, es nuestra obligación como revolucionarios tomar posición, porque no hacerlo, ser “neutrales”, significa apoyo al más fuerte, al invasor, al imperialismo. Es necesario arrancarles a las camarillas imperialistas y sus lacayos la facultad de disponer del destino de los pueblos.

En ese sentido, no ver las guerras en el contexto mundial económico y político y no aplicar los criterios que señalaban Lenin y Trotsky para las guerras “necesarias y justas” puede llevarnos a posiciones equivocadas y, en consecuencia, contrarias a las necesidades de los pueblos que las sufren, como Ucrania, Palestina, Irán…

No recordar la Guerra de Malvinas y lo que la lucha antiimperialista significó para el pueblo argentino, entrar en la “desmalvinización” que nos quieren imponer, no sólo nos llevará por un camino equivocado y sin vuelta atrás, sino que nos impedirá luchar por una segunda y definitiva independencia y contra el gobierno de Milei, que es agente directo del imperialismo y del sionismo.

Recordemos lo que Malvinas significa para el pueblo argentino y los trabajadores y oprimidos del mundo: se puede, y se debe, luchar contra el imperialismo. Recordemos siempre Malvinas, y recordemos a nuestros combatientes, a los que dieron la vida por la soberanía de nuestro país y a los veteranos que, aun en condiciones deplorables, siguen levantando las banderas de nuestra lucha antiimperialista. Vaya para ellos nuestro saludo revolucionario, lleno de orgullo por su valentía y su arrojo.

¡Las Malvinas son y serán siempre argentinas!

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