Polémica con los partidos del FITU: una oportunidad, ¿para qué?

El desgaste del Gobierno de Milei y la continuidad de la crisis interna del peronismo abrieron un espacio importante para la izquierda, que se expresa en el fenómeno de la imagen positiva de Myriam Bregman. Este fenómeno no vino de la nada: es un reconocimiento al FITU – Frente de Izquierda y los Trabajadores Unidad- por ser  la oposición más intransigente a Milei y por su apoyo a los reclamos y luchas de los trabajadores/as y sectores populares. Para nosotros esto es progresivo, porque expresa que el hartazgo de una franja importante con toda “la casta” puede canalizarse hacia opciones que defienden la independencia de clase.

Desde hace meses el FITU, distintas corrientes de izquierda, agrupaciones e intelectuales discuten sobre esa oportunidad, y alrededor de eso hay polémicas sobre cuestiones político-organizativas inmediatas (los comités) y de mediano plazo (si un movimiento por un nuevo partido o convertir al FITU en un partido de tendencias), entre otras.

Sin embargo, hay una pregunta previa que se omite y que articula todo lo demás: ¿oportunidad para qué?, ¿en función de qué objetivo? y, a partir de eso, ¿cómo habría que aprovecharla? Desde el “sentido común” del momento actual podría decirse que se omite porque la respuesta es obvia: es una oportunidad para que la izquierda crezca, para que haya más gente que se diga de izquierda, que vote a la izquierda, que marche con la izquierda. Como si ese fuera el objetivo en sí mismo. Como si la historia no hubiera enseñado muchas veces que esas oportunidades, mal encauzadas, sin ordenar todos y cada uno de los pasos en función de la estrategia, terminan transformando los avances en retrocesos y las conquistas en derrotas, aun cuando por un tiempo aparenten lo contrario.

Esa es la disyuntiva que atraviesa hoy a la izquierda. En un artículo anterior planteamos nuestras diferencias con lo que entendemos como una dinámica de electoralismo creciente en el FITU(El FITU, las encuestas y las perspectivas de la izquierda). Con este inauguramos una serie en la que profundizaremos en los debates que entendemos urgentes y que hoy están relegados, como una contribución a la discusión y al intento de evitar que, una vez más, la “oportunidad” termine en su contrario. Empezamos por las dos preguntas previas: para qué es la oportunidad y a quién nos dirigimos. En el próximo artículo entraremos en el debate que hoy concentra toda la discusión, el de los comités.

El desfasaje entre la estrategia declarada y la política real

Las cuatro fuerzas que conforman el FITU se presentan como organizaciones revolucionarias, y las tres que publicaron manifiesto —o textos de género similar— hablan en algún momento de la perspectiva de la revolución socialista. El PTS, respecto de lo que propone como nuevo movimiento histórico de la clase trabajadora, define “una fuerza política que se haya preparado, que haya sacado conclusiones de la lucha de clases anterior, que pueda actuar como un Estado mayor de la lucha revolucionaria, peleando para vencer1. El MST, respecto del partido de tendencias que propone, llama a “avanzar a forjar un gran partido revolucionario o movimiento unificado de la izquierda, que sea útil para intervenir en todas las luchas políticas y sociales, con la estrategia de la revolución y el gobierno de las y los trabajadores y el socialismo2. Y el Partido Obrero sostiene que el gobierno de los trabajadores significa la instauración de un “nuevo tipo de Estado”, un Estado obrero “basado en la democracia de los trabajadores y bajo la dirección política del partido obrero revolucionario”, que “debe crearse a partir de la destrucción de la máquina represiva del Estado capitalista, como lo marca la experiencia histórica de todas las revoluciones triunfantes”3.

Más aún: en el caso del PTS no se trata solo de una declaración de principios. Emilio Albamonte y Matías Maiello vienen sosteniendo una elaboración estratégica extensa —Estrategia socialista y arte militar tiene 608 páginas, y a ese libro se suma Debates y fundamentos para la lucha por el socialismo hoy—, y su publicación teórica, Ideas de Izquierda, reivindica permanentemente la discusión estratégica.  Albamonte sostiene allí, por ejemplo, que a principios de los años 80 la mayoría de las corrientes que venían del trotskismo abandonó la teoría-programa de la revolución permanente, y que ese abandono “tenía como correlato ni más ni menos que el abandono de la lucha por la hegemonía de la clase trabajadora en la revolución, tanto en la periferia, como en los países imperialistas4. Sería incorrecto e injusto decir que las fuerzas del FITU no expresan la perspectiva estratégica de ninguna forma.

El problema es otro, y es más serio. Esa perspectiva no es la que ordena el accionar cotidiano —la campaña, la actividad parlamentaria, la intervención sindical, los comités— ni aparece en los debates entre las fuerzas, ni siquiera donde debería ser el centro. El Foro que el FITU realizó el 29 de junio en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA fue un debate de vanguardia militante, con más de 800 personas presentes y miles siguiéndolo por redes. Allí la discusión giró alrededor de lo político-organizativo inmediato —comités de todos o de algunos, partido de tendencias o frente—, dando por sentado que el crecimiento de la izquierda es un objetivo en sí mismo. Y esto no es una cuestión de formato. Desde Plejánov y Lenin5, el marxismo distingue propaganda y agitación no sólo por la cantidad de ideas sino por a quién van dirigidas: la propaganda se dirige a la vanguardia, la agitación a las masas, siempre más despolitizadas. Un Foro del FITU es, exactamente, el ámbito de la propaganda. Que la perspectiva estratégica esté en los libros y en la prensa teórica, pero no aparezca cuando las cuatro fuerzas debaten frente a la vanguardia que las escucha, no es una división del trabajo: es la propaganda incumpliendo su función específica, medida con el criterio clásico del marxismo. Si no aparece en un debate de vanguardia militante, ni qué hablar de las apariciones mediáticas o la campaña electoral.

Con esto no estamos diciendo que la cuestión sea salir a decir dictadura del proletariado o revolución obrera y socialista, así sin más. La disputa requiere traducir conceptos difíciles y disruptivos para la inmensa mayoría, y no ver eso es caer en el sectarismo y la formalidad, algo a lo que muchas veces somos dadas las corrientes que nos reivindicamos de izquierda. Pero una cosa es no caer en eso, y otra muy distinta es la adaptación a un nivel de conciencia formado por la ideología dominante, que es la ideología de la clase dominante: por ejemplo, en relación a la democracia burguesa.

Y lo que se da por obvio es precisamente lo que habría que discutir. Que la izquierda crezca no resuelve por sí solo la crisis de dirección revolucionaria, que es como los trotskistas sintetizamos la crisis de la humanidad. Suponer lo contrario —que del desgaste de Milei y de la crisis del peronismo se desprenderá, por su propio peso, una conciencia socialista— es subestimar el factor subjetivo, es decir, la tarea que sólo puede cumplir un partido revolucionario ganando a la vanguardia obrera para su programa. Si la perspectiva estratégica es algo que se saca a relucir solo en algunos momentos, deja de ser la perspectiva estratégica real. Y ese es, para nosotros, el mayor riesgo de cómo se está aprovechando la oportunidad actual.

Dirigirse a quién: la cuestión del sujeto

Desde siempre la cuestión del sujeto social de la revolución es fuente de fuertes polémicas entre corrientes revolucionarias, y no es para menos: se trata de un tema nodal. Sin embargo, en los debates de la izquierda argentina hace tiempo pasa desapercibida, como si fuese un acuerdo general evidente. Para nosotros, en eso que parece evidente está un eje fundamental del problema actual.

Las cuatro fuerzas se dirigen a los trabajadores y trabajadoras, o a la clase trabajadora en general. Allí se engloba desde los obreros a los docentes, pasando por empleados de servicios, estatales y administrativos —asalariados en general—, un concepto hoy ampliado a los trabajadores de plataformas y otros sectores precarizados, y también sectores profesionales, artistas y cuentapropistas. Se incluye además a las mujeres, la comunidad lgbtiq y la juventud como sectores oprimidos. Todo en una gran alianza, pero sin jerarquías estratégicas.

El PTS es el único que ensayó una respuesta explícita al problema, con la consigna de un partido de la “nueva clase trabajadora”. Y su criterio de lo “nuevo” no es solamente sociológico: Albamonte lo fundamenta en que “la burocracia, en acuerdo con las patronales, ningunea la opresión de las compañeras y las transforma en los sectores más atacados”6. Es decir que no se trata de agregar sectores oprimidos a una lista paralela, sino de reconocer que la precarización y la opresión atraviesan hoy a la clase misma. Coincidimos con esa crítica a la burocracia y a la idea de un sujeto obrero pensado como un bloque homogéneo. Pero eso responde a una pregunta distinta de la que aquí nos importa: describe una composición, no define dónde la clase tiene el poder de parar el país. Y sin esa segunda definición no hay criterio para decidir dónde construir.

Aquí la pregunta de en función de qué estrategia se orienta la política adquiere toda su crudeza. Desde la perspectiva de impulsar masividad en las movilizaciones y de generar una fuerza que electoralmente vaya ganando peso, esta indiferenciación tiene todo el sentido: en la calle o en las urnas, uno es igual a uno, no importa de qué sector sea. Pero desde la perspectiva de construir las condiciones subjetivas para la revolución la cuestión se modifica. El marxismo ubica a la clase obrera como sujeto social de la revolución no por fetichismo ni por ser el que más sufre, sino por entender cómo funciona el sistema capitalista, de dónde sale la ganancia y quién genera la riqueza. También es quién por el modo de organización de la producción capitalista, interrelacionado, coordinado y planificado en cada empresa, necesita actuar colectivamente tanto en su trabajo como en su lucha, ya que individualmente es imposible realizar una pelea efectiva. Ahí está no solo el corazón de la explotación, sino también la potencia para romper el engranaje: la industria, las refinerías, los yacimientos, los puertos, etc.

No es una definición abstracta ni nueva: es el método con el que se construyeron las corrientes revolucionarias. Los bolcheviques priorizaron ganar a la vanguardia del proletariado industrial —por su lugar en la producción y su concentración— antes que a las masas campesinas, que eran las más dinámicas del momento. Y el propio Grupo Obrero Marxista, fundado por Moreno en 1943 aplicó esto en el gremio de la carne, el más concentrado del movimiento obrero industrial de entonces. Luego el  Movimiento al Socialismo de la década del 80 llegó a ser el partido trotskista más fuerte del mundo no por su influencia electoral, (que era mucho menor que la de las actuales fuerzas del FITU), sino por su inserción cualitativamente superior en el movimiento obrero industrial, con miles de militantes obreros y su participación en decenas de cuerpos de delegados, comisiones internas e incluso directivas seccionales.

Que digamos esto no significa que el resto de los trabajadores no importe. Importan, y mucho, como parte de una alianza de sectores en la que la clase obrera de los sectores estratégicos tiene el lugar fundamental. La jerarquía de la que hablamos no es moral ni de importancia: es estratégica, y se define por el lugar que cada sector ocupa en la producción.

Definir el sujeto, entonces, no es una discusión de manual: es lo que decide dónde hay que construir.

La oportunidad, y para qué

Volvamos entonces a la pregunta del principio. Hay una oportunidad, es real y es progresiva: que una franja importante canalice su hartazgo hacia opciones que defienden la independencia de clase no es poca cosa en un país cuya clase obrera estuvo atada durante décadas al peronismo. La discusión no es si la oportunidad existe, sino en función de qué se la aprovecha.

Si el objetivo es que la izquierda crezca, ya se está aprovechando bien, y los debates en curso —qué comités, qué forma de partido— son los debates correctos. Si el objetivo es avanzar en la construcción de la dirección revolucionaria que la clase obrera necesita, entonces falta casi todo, y lo que falta no es una táctica mejor: es que la estrategia ordene la táctica, en vez de deducir la estrategia del resultado electoral inmediato. Y falta también algo que no se resuelve mirando hacia adelante: sacar conclusiones de las veces anteriores en que la izquierda estuvo ante una oportunidad y no supo qué hacer con ella. No se trata de que nadie lo haya planteado —el PTS viene señalando que en las últimas décadas la izquierda tuvo dos veces un peso político grande y las dos veces lo perdió7—, sino de que ese balance no ordena hoy ninguna de las políticas en discusión. En los artículos que siguen vamos a volver sobre esas oportunidades y sobre las salidas dentro del régimen que la izquierda levantó entonces.

Para nosotros, lo más cualitativo que abre este momento es otra cosa, y es algo que no aparece en ninguna de las polémicas: que hay una franja que hoy escucha a la izquierda y que antes ni siquiera la escuchaba. Eso habilita hacer propaganda abiertamente revolucionaria en los sectores estratégicos de la clase obrera y empezar a construir allí una corriente obrera socialista, un sector de obreras y obreros que haga suyo el programa de la revolución socialista y el rol que su clase debe cumplir para llevarlo adelante. Eso no se mide en encuestas ni se resuelve en una elección. Puede incluso costar algo de imagen positiva. Pero es lo único que, cuando la oportunidad se cierre —porque las oportunidades se cierran—, va a quedar en pie.

Nada de esto se resuelve en un artículo. Lo que sí queremos plantear es que el para qué, el quién y el cómo de la revolución argentina deberían ordenar la discusión de las organizaciones que nos consideramos revolucionarias, y no quedar como un capítulo de los manifiestos que nadie retoma cuando se discute en serio.


  1. Salió el nuevo Manifiesto del PTS: ¿Cómo cambiamos la historia?”, La Izquierda Diario. 22/5/2026 ↩︎
  2. “Manifiesto político del MST en el Frente de Izquierda Unidad”, 7/8/2026, sección 6. ↩︎
  3. “Contribución para desarrollo de la izquierda y el socialismo en la Argentina”, sección IX. ↩︎
  4. Emilio Albamonte y Matías Maiello, Estrategia socialista y arte militar, Ediciones IPS, 2017, y Debates y fundamentos para la lucha por el socialismo hoy, Ediciones IPS. La cita corresponde a la entrevista “Sobre el retorno de la cuestión estratégica y los debates a partir de la nueva ubicación de Myriam Bregman y la izquierda”, Ideas de Izquierda, 29/8/2026. 
    ↩︎
  5. Lenin, ¿Qué hacer? (1902), cap. III, donde retoma la distinción de Plejánov entre propagandista y agitador. 
    ↩︎
  6. “De nuevo sobre cómo aprovechar la ubicación de Myriam Bregman y la izquierda en la situación”.  Entrevista en Ideas de Izquierda, 7/6/2026. 
    ↩︎
  7. Idem 4. ↩︎
Compartir

Otros Artículos